jueves, 21 de junio de 2012

Matemática y humanidades (Parte IV: El hombre como centro... y Fin)


Es evidente que la palabra humanidades pretende destacar la preocupación por lo inherente al Hombre y colocarlo como el centro del discurso disciplinario. En este sentido, la técnica, los métodos y las fórmulas obtenidas como producto de la investigación científica de la naturaleza serían entidades que apuntan hacia objetivos que están fuera del Hombre y cuya conducta está predeterminada aun cuando no haya sido descubierta. Se puede refutar este argumento con ciertas consideraciones que ya hemos hecho, pero no estaría de más comentar que algunas disciplinas que se suelen colocar en el campo de las humanidades han pretendido, en los últimos tiempos, basar sus certezas en una verborrea esquematicista y metodológica en la que el Hombre aparece más bien desfigurado como un sistema de entrada y salida, enfrentado a un enfoque objetivista que atiende más a resultados mecánicos que al crecimiento espiritual.

No puedo negar que también estos tiempos han creado un matemático con una fuerte tendencia al aislacionismo. De hecho, tal conducta se está convirtiendo en un fenómeno común en todas las ciencias y en aquellas disciplinas que tienen aspiraciones de serlo. Más aún, está sucediendo incluso en aquellos campos que el turgente racionalismo separador ha colocado lejos del quehacer científico; ni siquiera la filosofía (la amante del saber, en su concepción etimológica) se ha salvado de tan atropellante individualismo.

Pero la matemática ha estado ligada tradicionalmente a los esfuerzos de los más grandes filósofos de la humanidad en su anhelante búsqueda de las razones últimas que sustentan al ser humano. “Que no entre quien no sepa geometría”, se atrevió a escribir Platón a las puertas de su famosa Academia. Descartes, por su parte, intentó convencernos de que sus lucubraciones acerca de la existencia de Dios y la naturaleza del espíritu tenían la misma fuerza de sus imponentes resultados geométricos porque, según él, estaban hechos del mismo modo en cuanto se refiere al manejo de la razón. La teoría del conocimiento que desarrollaría Inmanuel Kant en la Crítica de la Razón Pura comienza con un análisis de la posibilidad de la existencia de una matemática pura y la preocupación por el tema justifica muchas de las numerosas páginas kantianas.

Por otro lado, la entusiasta declaración de J.W. Navin Sullivan muestra hasta qué punto el Hombre es el responsable del Universo y no es éste el que le impone ciegas leyes cuya obediencia es ineludible. La teoría de la relatividad, que fue precedida en más de medio siglo por las geometrías no euclidianas, identifica al Hombre como el pivote de la explicación de los fenómenos físicos; no es un títere de ellos. Intuición e imaginación marcan los caminos de la ciencia que, en manos de los grandes pensadores, han sido senderos de extraordinario contenido estético. Sin duda, Einstein absorbió en su integridad la profunda lección recibida de Kant cuando éste afirmó: “Hasta ahora se admitió que todo nuestro conocimiento debía regirse por los objetos... Hagamos por una vez la prueba de si no adelantaremos más en asuntos de metafísica admitiendo que los objetos deben regirse por nuestro conocimiento... Ocurre con esto como con la primera idea de Copérnico, que, no logrando explicar bien los movimientos celestes si se admitía que toda la masa de astros giraba en torno al espectador, probó si no tendría más éxito haciendo girar al espectador y dejando inmóviles a las estrellas”.

Conclusión

La belleza, la libertad de creación y el Hombre como centro. He ahí tres aspectos, nada separados entre sí, que pudieran identificar el quehacer humanístico. Hemos intentado demostrar que la matemática no puede excluirse de las humanidades si son éstos los supuestos que las sustentan. Pero la matemática es una ciencia; de hecho, la ciencia por antonomasia, el desiderátum último de cualquier disciplina del conocimiento que quiera recibir este nombre. Si los argumentos que hasta aquí he expuesto tuvieran alguna posibilidad de ser considerados válidos por el lector, tendrá éste entonces que admitir la artificialidad de la división que se nos impuso. Los días que corren –identificados por la necesidad de obtención de riqueza (a nivel social, grupal o individual; no importa), el objetivismo, la concepción del Hombre como una cifra para alcanzar fines que siempre son más importantes que él mismo, el metodologismo– hacen necesario un individuo de alta especialización y eficiencia, un caballo con gríngolas que corra desaforadamente a la meta trazada, pero que no tenga posibilidad de ver a sus lados. La separación del conocimiento en ciencias y humanidades, unida a otra deformación: la de la palabra vocación, ha sido altamente eficaz en producir este tipo de individuo que, en algunos casos aparece aislacionista, arrogante y exento de dudas y, en otros, como un simple tránsfuga de regiones del conocimiento a las cuales temió acercarse alguna vez en su vida.

El pensamiento es uno solo: la labor excelsa del Hombre, la esencia de lo humano. Al igual que las aves, no muestra su esplendor en cautiverio; ni siquiera en el cautiverio que disfrazado de libre exposición simulan difundir las llamadas escuelas de pensamiento. La integridad del hombre no puede estar sujeta a sectarismos apaciguadores de su capacidad creativa, ofreciéndole un mundo tan ordenado, que lo alejen del hermoso caos que lleva al placer del descubrimiento y la creación. Quizá para terminar, valga la pena colocar un poema de Carlos Augusto León, cuya obra poética está profundamente impregnada de todas estas reflexiones:

No temo a donde vaya el pensamiento.
No le fijo frontera.
Es el hijo más díscolo del Hombre.
Tal vez se extravía a veces.
Mas, siempre abre caminos.
En todo caso,
es así,
vagabundo audaz entre las cosas,
como ha hallado
todo lo que tenemos.

1 comentario:

  1. Yo soy centro como yo cuerpo, me llamo Tiberio Garcia Vargas.
    VERDADERO

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