En el siglo pasado se daba en Inglaterra (y posiblemente en muchos otros países) la situación de personas que por sufrir algún defecto físico notable podían ser reclutadas y presentadas como espectáculo de circo. Que las personas en cuestión aceptaran o no esta degradante condición era un asunto que, a veces, dependía de su capacidad física para rechazarla, pues no existían leyes que defendieran sus derechos. A las víctimas de esta horrible práctica se les denominaba freaks, palabra que se puede traducir como fenómeno o bicho raro.
Uno de estos freaks se llamó Joseph Carey Merrick, quien desde los dieciocho meses de edad comenzó a sufrir deformaciones que, en su adultez, lo convirtieron en un espectáculo a pesar de ser una persona de extraordinaria inteligencia y sensibilidad. Este personaje real llevó a David Lynch, apoyado en sendos libros de Christopher Devore y Eric Bergren, a escribir un sólido guión, dirigido posteriormente por él mismo para convertirlo en una película memorable: El hombre elefante.

John es reclutado como espectáculo de circo por un inescrupuloso llamado Bytes. (Cabría preguntarse si la selección de este nombre es casual, pues en ingles bite, aunque con i latina y no griega, significa mordisco.) Este Bytes lo somete a a los peores maltratos y lo hace vivir como un animal. Cuando John es descubierto por el Dr. Frederic Treves –el personaje de Hopkins– su vida comienza a cambiar, pero no necesariamente orientada por su dignidad humana. Treves logra –no sin esfuerzo y algo de sufrimiento– alejar temporalmente a John de la influencia de Bytes.
(Vale la pena mencionar que cuando Treves conoce a John y presencia su estado de vida, Hopkins nos regala una de sus actuaciones más memorables con un rostro imperturbable en el que, sin embargo, rueda una lágrima. De todas maneras, Hopkins nos ha dado muchas escenas memorables en toda su carrera.)
Aun cuando su interés en John es sincero, el Dr. Treves va convirtiéndolo, de manera sutil, sin darse cuenta, en otro tipo de espectáculo: a veces científico, a veces social. Sin embargo, hay en la película un personaje que se da cuenta de la enorme sensibilidad de John y su tremenda potencialidad como ser humano integral: se trata del personaje de Anne Bancroft, quien representa a la actriz Madge Kendal. Sin duda que las escenas más amorosas de la película están representadas en la relación del protagonista con con esta bondadosa mujer.
Hacia el camino del desenlace de la película, la actriz consigue en el teatro una representación musical en honor a John, pero lamentablemente el mal social ya estaba consumado.
No puedo cerrar el comentario sin hacer alusión a la escena en que John llega a Londres huyendo de Europa continental–donde lo había secuestrado nuevamente Bytes– y al salir del tren y perder el trapo que lo cubre es objeto de ataque por la multitud; en ese momento John Hurt da un grito desgarrador: “Nooo, no soy un monstruo, no soy un animal, soy un ser humano, soy un Hombre”.
La película estuvo nominada a ocho óscares pero no recibió ninguno. Como curiosidad valga la pena añadir que el óscar al mejor maquillaje fue instituido después de ella, pues hubo quejas a la academia en este sentido. Ganó el premio BAFTA a la Mejor Película, así como Mejor Actor (John Hurt) y Mejor Diseño de Producción, y fue nominada a otros cuatro: Dirección, Guión, Fotografía y Edición.