Cine-mática (así, con el guion separador) es un título que se compone de dos intenciones que animan mi espíritu: por un lado, el gusto por el cine; por el otro, el disfrute de la matemática que, en años recientes, se ha orientado hacia su historia. Pudiera separarlas pero tienen sus puntos de enlace que me gustaría explorar en algún momento, sin tener que dar explicaciones adicionales. En todo caso, con ellas no corro riesgo de ser acusado de bigamia si las disfruto simultáneamente.
jueves, 7 de febrero de 2013
jueves, 31 de enero de 2013
La vejez: algunas visiones cinematográficas
Las realidades sociales son cambiantes con el tiempo. La frase "respeta
estas canas" alguna vez tuvo validez; se vio lógico en cierto momento
asociar la sabiduría a la vejez. Hasta el humor ayudaba con eso: "más
sabe el diablo por viejo que por diablo". De manera que la vejez no solo
era aceptada sino que, además, era respetada y admitida como una etapa
de la vida en la que los activos principales eran la sabiduría y la
tranquilidad de espíritu, que contrastaban con la impetuosidad (y, a
veces, imprudencia) de los arrestos juveniles.
Si me apuraran a dar una característica que definiera nuestro tiempo, creo que el adjetivo más apropiado sería crematístico, y si la palabra le fuera extraña a algún lector, me apresuro a mostrarle la entrada que da el diccionario: "Del dinero o relativo a él". Sí, ciertamente esta es una época crematística, no de otra manera puede uno explicarse cómo el ministro de finanzas japonés Taro Aso dé unas declaraciones en las que enlaza la vejez a una carga financiera para el estado y, además, insta a los viejos a morirse rápido para que ayuden a solucionar esta situación.
Más allá de las reflexiones que produce esta actitud acerca de la solidez ética de los funcionarios públicos de cualquier parte del mundo, la misma recalca el valor del dinero como el activo fundamental de nuestra época. "Poderoso caballero es Don Dinero", satirizó Francisco de Quevedo en el siglo XVII, pero no podía imaginar la magnitud por la que se multiplicaría su ingeniosa frase cuatrocientos años después. Poder... poder absoluto del dinero, que convierte todo discurso acerca de valores en un acto vano, de toda vanidad, a menos que admita que la palabra valor apunta a moneda y solo a eso. ¿Qué conversación actual no desemboca en los costos de este u otro objeto o en las ganancias (honestas o no, eso no importa) de tal o cual personaje? ¿Cómo pueden tener alguna preponderancia palabras como amor, honestidad, respeto, vida, entrega, convivencia, sencillez... si ninguna de ellas da un criterio para calcular su peso en oro?
¿Producen dinero los viejos? La respuesta es: no; al contrario: hay que pagarles una pensión, hay (habría) que pensar en instituciones ad hoc para tener resguardados a aquellos cuyos familiares ya no los alojan, de manera que no sean un feo espectáculo en las calles. En la triste lógica capitalista de personajes como Taro Aso, los ancianos son consumidores del dinero de los que producen, ergo harían un favor desapareciendo. (Al margen: Aso es un hombre mayor de 70 años. Se le debe reconocer, al menos, coherencia en su discurso pues afirmó que de encontrarse en estado terminal rechazaría ayuda del estado para prolongar su vida. Solo que una cosa es afirmar actitudes acerca de uno mismo y otra tener la entereza de cumplir la promesa a cabalidad. Como sea que fuere, no deseo para Aso ni para nadie una muerte infeliz.) Advierto que no voy a caer en una defensa de la vejez aduciendo que alguna vez fueron productivos: sería usar la misma lógica capitalista. En todo caso, prefiero contraponer la palabra valor en términos estrictamente humanos con la misma palabra en términos estrictamente crematísticos.
Me vienen a la mente las reflexiones anteriores porque he tenido en estos días la oportunidad de ver varias películas que tocan el tema de la vejez, el cual (por cierto) no es nada nuevo en el cine. Como es de esperar, toda esta visión monetaria de la vida ha conducido a un desprecio por la vejez, reconocible -como suele suceder- en el lenguaje: nos molesta tanto que ni siquiera podemos referirnos a ella por su nombre y tenemos que apelar a eufemismos como tercera edad, detestable manera de "suavizar" una idea que no era dura en absoluto, sino que fue endurecida por nuestras propias restricciones mentales. (El tema de los eufemismos asociados a la vejez lo toqué anteriormente en este blog en el comentario a La vida empieza hoy... los invito a releer.)
Tal desprecio es aprovechado por los infaltables mercaderes y su manifestación más palpable es la popularidad que nuestra época ha hecho adquirir a la cirugía plástica, actividad médica pensada en su origen como una manera de resolver problemas de apariencia para personas que, por una u otra razón, hubieran sufrido deformaciones. En la actualidad no es más que un mercado persa al cual acuden hombres y mujeres por igual, en búsqueda de negar al tiempo la posibilidad que tiene de marcar las actitudes de nuestra vida. Porque los cambios físicos, admitidos como consecuencia del paso del tiempo, nos marcan simultáneamente los grados de avance de nuestra madurez emocional e intelectual. Sin embargo, abundan en este aspecto actitudes que, muy a mi pesar, concibo como deformidades morales, entendiendo esta palabra en el sentido de calificación de las costumbres sociales. ¿Qué sentido tiene -independientemente de lo crematístico- que una joven pida como regalo de 15 años una operación de lolas (ridículo eufemismo venezolano para nombrar lo que el diccionario define como tetas)? ¿Cómo es posible que algunas figuras públicas (y otras no tan públicas) hayan deformado su apariencia al punto de parecer momias andantes, creyendo además que engañan (¿a quién: al tiempo, al entorno?) mostrando una apariencia juvenil, cuando en realidad caminan con su propio retrato de Dorian Grey al lado, perfectamente visible?
En el año 2010, Johnathan Nossiter escribió y filmó Rio Sex Comedy, una divertida comedia que, entre otras cosas, nos muestra las miserias y los esplendores de la contradictoria Río de Janeiro. Protagoniza -entre otros- Charlotte Rampling, la misma que nos estremeció con Portero de Noche de Liliana Cavani, en aquel 1973; hoy, casi cuarenta años después, es la protagonista ideal de una película en la que lejos de actuar, disfruta haciendo un permanente guiño de sensualidad a la cámara, acompañado de una risa fácil y contagiosa por lo espontánea. A Rampling se le nota el paso de estos cuarenta años, pero con tal dignidad -sin presencia de innumerables puntos de sutura- que termina siendo la selección ideal para personificar a una famosa cirujana plástica, portadora para sus posibles pacientes (¿o clientes, en este caso?) del mensaje de aceptación personal, que haga improbable la ejecución de inútiles operaciones realizadas por simple vanidad.
A la cuarentona que plantea unos retoques, porque ella es la única de su grupo que no se ha practicado ninguno de estos procedimientos, le pregunta cómo sabe que puede disfrutar de su edad, si no la admite. (Los antiarjonistas apuntarán sus fusiles sobre mí, pero me recordó aquello de "no le quite años a su vida, póngale vida a sus años, que es mejor".)
El planteamiento de Rio Sex Comedy va más allá de las reflexiones sobre el paso de la edad y sus consecuencias, pero la actuación de Charlotte Rampling es tan fresca y natural que se torna potente y copa la escena, lo que la hace magnífica para el tratamiento del tema que nos ocupa en este entrada.
Más acorde con una visión comercial, Hollywood nos entrega de las manos de John Madden -el mismo director de Proof , comentada en este mismo blog, en la que Anthony Hopkins personifica a un brillante matemático aquejado de Alzheimer- uno de esos productos edulcorados realizados para quedar bien con todo el mundo. Se trata de El mejor y exótico Hotel Marigold (The best exotic Marigold Hotel), cinta irregular que describe las peripecias de un grupo de ancianos norteamericanos que viaja a la India a disfrutar su jubilación en un hotel cuya publicidad lo ofrece como un paraíso de belleza y esplendor. Muy pronto comprenderán que el poder de seducción de la publicidad tiene matices de crueldad, al contrastar con la verdadera realidad de sus ofertas. Sin embargo -después de todo son norteamericanos- salvo alguna excepción que el público aprendió a detestar desde el principio, se propondrán cambiar su situación para bien, consiguiendo esas importantes transformaciones, sociales e individuales, que solo los corazones norteamericanos pueden conseguir únicamente sobre la base de su voluntad. Con todo, la primera parte de la película podría recomendarse dadas las intensas actuaciones (destacan Judi Dench y Maggie Smith) y el tema interracial, planteado de manera inteligente; el final de la película es un camión de melaza.
Cambiando la vista del norte hacia nuestra mano derecha, podemos parar en Italia y ver que su cine todavía nos da buenas sorpresas; Gianni Di Gregorio nos entrega dos muy buenos productos, ambos alrdedor del tema de la vejez. En 2008 y 2010 dirigió y protagonizó respectivamente Vacaciones de Ferragosto (Pranzo di Ferragosto) y Gianni y sus mujeres (Gianni e le donne, The salt of life); en ambos filmes Di Gregorio personifica a un jubilado cuyo tiempo -como el de todos los jubilados- es una tira de goma de la que cualquier allegado pretende un pedazo para estirar hacia él.
En Vacaciones de Ferragosto a Gianni se le encarga, bajo ciertas formas no muy sutiles de soborno, el cuidado de cuatro ancianas de personalidades muy particulares y muy dispares, lo que hace extremadamente cómicos -a veces tragicómicos- los intentos de Gianni por armonizarlas, atendiendo a esa compleja característica de la vejez que combina conductas infantiles con una conciencia que alguna vez fue madura, y reclama ahora el espacio de esa madurez. Gianni y sus mujeres, por otra parte, muestra que para un hombre maduro no hay peor compañía que otro colega igualmente maduro, pero fanfarrón de virtudes no poseídas; la película muestra, con sutileza e inteligencia, que a partir de cierta edad el varón comienza a percibir la belleza femenina con más frecuencia que en sus años mozos, desarrollando con ello una sensualidad visual que tiene intensos toques de delicadeza. Al mismo tiempo, el enamoradizo personaje es presionado constantemente por su anciana madre en reclamos tan intrascendentes como exasperantes. Recomiendo ambas películas sin reservas.
Ahora voy más al norte: a Francia, con uno de esos cineastas cuya valoración se me hace difícil, aunque admito que tal dificultad proviene más de una limitación personal que de otra cosa; me refiero a Michael Haneke, el mismo de la exasperante Escondido (Caché) y la terrible Juegos divertidos (filmada dos veces distintas por el propio Haneke). Esta vez, en 2012, Haneke nos sorprende con una cinta pasmosa denominada simplemente Amor (Amour) y protagonizada por dos viejos infinitos: Jean-Louis Trintignat y Enmanuelle Riva, apoyados además por Isabelle Hupert. No voy a enntrar en muchos detalles: la cinta toca el tema de eso que hemos dado en llamar calidad de vida, asunto muy asociado con la vejez. Quizás quienes hayan visto Atrapado sin salida de Milos Forman me acusen de spoiler, pero no pude evitar la asociación entre los dos finales de ambas películas; el punto es: ¿hasta dónde el dolor de alguien a quien amo entrañablemente no es mi propio dolor?
Amor ha barrido en buena cantidad de festivales en los que ha participado y nadie va a sentirse sorprendido cuando el 24 de febrero sea llamada a recibir el Óscar a la mejor película extranjera. Falta que Haneke se lleve el trofeo al mejor director, pero debe pasar primero por encima de Spielberg, con su aplaudida Lincoln.
Salvo accidentes o crueldades del destino, la vejez es el último paso de la vida en el camino a la muerte: nadie puede detener la muerte... al menos nadie puede testificar lo contrario. ¿Por qué entonces detener artificialmente la vejez y no permitirse explorar los recovecos de placer que nos pueda dejar su sano ejercicio?
miércoles, 26 de diciembre de 2012
Feliz Navidad (Joyeux Noël) de Christian Carion
La guerra nos enfrenta a la muerte, pero -salvo por la tropa profesional- al frente de guerra van los jóvenes, aquellos cuya muerte se presiente lejos en circunstancias naturales. Siempre me ha sorprendido que esta macabra convocatoria haya sido aceptada no con sumisión o recelo, como cabría esperar, sino con verdadero entusiasmo y convencimiento de su necesidad. Pero para eso están los mensajes, para eso está la propaganda y, sobre todo, para eso está la política. Salir contento con un fusil al hombro con la idea de matar a gente a quien ni siquiera conozco es una actitud que solo proviene de la más pura irracionalidad disfrazada -antinómicamente- de racionalidad idealista. No en vano Einstein afirmó: "Que alguien sea capaz de desfilar muy campante al son de una marcha basta para que merezca todo mi desprecio; pues ha recibido cerebro por error: le basta con la médula espinal." (Einstein, Albert. Mi visión del mundo. Fábula Tusquets Editores. 4ª edición. Barcelona, España. 2002. Pág. 13.)
El conflicto que en 1914 comenzó en los Balcanes y que años después recibiría el nombre de Primera guerra mundial, fue prevista en sus inicios por los ejércitos intervinientes como un asunto de fácil despacho que apenas duraría unos cuantos meses. Lejos estaban en ese momento de sospechar que los cuatro años siguientes redefinirían el concepto de guerra (en general) hacia el de guerra moderna, caracterizada por un muy alto poder de fuego representado por novedosos instrumentos de destrucción humana masiva como la ametralladora, el tanque de guerra, la aviación y el submarino. Lejos quedarían los escenarios heroicos de la batalla cuerpo a cuerpo, sustituidos ahora por una impersonal matanza a la distancia: la aniquilación perfecta, sin siquiera entrar en contacto directo con el enemigo.
La trinchera pasó entonces a ser el mecanismo de defensa por excelencia: larga zanja cavada en la tierra, donde se convivía con las ratas, los insectos y los propios detritus de los soldados; la primera guerra mundial fue una guerra de trincheras. Entre trincheras enemigas encontradas quedaba una zona de terreno, denominada la tierra de nadie, lugar desde donde emanaba la putrefacción de los caídos en batalla y los gritos de los heridos que no habían podido alcanzar la trinchera propia. Fácil es imaginar la impotencia de los atrincherados, incapaces de auxiliar a sus compañeros o de recoger los cuerpos de aquellos que se habían hecho acreedores de su amistad. Salir de trinchera hacia la batalla, exponiendo el pecho a la artillería enemiga, es uno de los actos más aterradores de la experiencia humana, según el testimonio que dejaron los propios soldados sobrevivientes de la contienda.
Precisamente como una contraposición a Hobbes, el día de Navidad del mismo año de inicio de la guerra, se dio una extraña situación en varias zonas del frente de batalla, que prendió las alarmas de los altos mandos en disputa. Escenas de confraternidad entre los soldados enemigos llegaron al extremo de organizar partidos de fútbol, como si el terreno de confrontación separara dos clubes sociales y no dos fieros ejércitos dispuestos a acabar cada uno con el otro. Basado en estos hechos -cuya documentación está aún incompleta- Christian Carion escribió y dirigió en 2005 el film Feliz Navidad (Joyeux Noël), en una coproducción donde participaron Francia, Alemania, Reino Unido, Bélgica y Rumanía.
La ficción de Carion hace a la música responsable del inicio del episodio de confraternidad. Desde la trinchera alemana, la voz del tenor Nikolaus Sprink (representado por Benno Fürman) resuena en medio del silencio de la noche, con las agradables notas de Noche de paz, sorprendiendo por su calidad vocal a los enemigos franceses y escoceses en sus respectivas zanjas. En un momento de silencio, el camillero y sacerdote escocés Palmer (Gary Lewis) devuelve con la tradicional gaita de su país, las notas del villancico, animando al tenor a la continuación. Desde este momento, la película nos involucra en una serie de episodios tan increíbles como llenos de tensión emocional. Sospechamos a cada momento que la puesta en escena es frágil, que cambiará brutalmente en los instantes siguientes. Confundimos lo racional con lo irracional y no podemos atinar dónde está uno y dónde el otro.
Se ha criticado la película acusándola de una suerte de maniqueísmo que la hace atonal en su planteamiento. Es posible que esto sea así, pero sin embargo no creo que pueda decirse que cae en extremos cursilistas o incluso sentimentalistas, por el contrario el discurso fílmico mantiene la solidez en todo su trayecto; las actuaciones son consistentes y refuerzan el mensaje, me gusta mucho el trabajo de Gary Lewis, que no desmerita el que había hecho cinco años antes en Billy Elliot; quizás Fürman peca un poco de falta de profundidad en el personaje, pero la propuesta en general está bastante bien lograda y el espectador de esta obra no puede quedar indiferente ante la misma. Como no podía faltar el toque femenino, la presencia de la soprano Anna Sörensen (interpretada por la bellísima Diane Kruger) conmueve la noche de los soldados y también el corazón del espectador.
No puedo cerrar la nota sin referirme a los parlamentos, que son simplemente excepcionales. Desde las escenas en las que los niños recitan, en sus salones de clase, poemas que destilan odio hacia los que años después serán sus enemigos, pasando por la discusión de dos oficiales franceses, uno de los cuales exclama "He sentido mucha más humanidad en algunos soldados alemanes que en los franceses satisfechos que juzgan la guerra al frente de un pavo relleno", hasta la misa oficiada por un obispo escocés que incita a matar a los alemanes porque no pueden ser hijos de Dios; misa que hace al sacerdote Palmer (Gary Lewis) tomar la decisión más importante de su vida.
La película es una opción muy recomendable en estos días que algunos llaman de reflexión, aunque los excesos demuestren lo contrario. Por lo demás es una propuesta que aborda el tema de la Navidad, alejado de las cursilerías norteamericanas alrededor de gordos cansados, vestidos de rojo y con barbas postizas. Vale la pena reunir a la familia en torno a un producto del que se puede hablar con serenidad, pero no con indiferencia.
martes, 27 de noviembre de 2012
Rithmomachia: espíritu y acción
No podíamos imaginar la acogida que el mismo recibiría. El interés fue general, tanto en los ponentes como en los asistentes. Realmente, Rithmomachia es una propuesta atractiva. Sin embargo, como contábamos con apenas treinta minutos, solo pudimos dar un vistazo general que fue casi como la entrada del blog anterior a ésta. Fuimos con una presentación pdf, a la que llamamos Rithmomachia: batalla rítmica de los números y que ustedes pueden descargar haciendo click en el nombre; en ella conseguirán algo de la historia del juego, sus fundamentos y sus reglas. Está pensado como una presentación, así que debe leerse como tal.
Sin embargo, es bueno aclarar que el anterior no puede considerarse un documento definitivo. A medida que vamos conociendo el juego aparecen nuevos documentos y nuevas voces con las que entramos en contacto: unas veces reafirman nuestras ideas, otras nos las cambian. En este mismo momento, una afirmación que hicimos de manera tajante en la presentación está sujeta a revisión. Así que ya saben.
Lo que andamos buscando en este momento es construir un conjunto de reglas a las cuales podamos llamar "reglas venezolanas de Rithmomachia". No se vaya a creer que con esto estamos haciendo una especie de búsqueda iconoclástica de originalidad. No. Por el contrario, es posible que no estemos haciendo otra cosa que seguir el espíritu medieval; Ann Moyer, una de nuestras fuentes principales, nos dice (Pág. 12): "Las reglas de juego estaban sujetas a cierto número de variaciones. En realidad, algunas fuentes sugieren que los jugadores podían acordar de antemano reglas específicas, dando así la posibilidad de jugar de acuerdo a los niveles de habilidad." (La traducción es mía, así que disculpan cualquier error o inexactitud.) Pero nosotros seguimos consultando.
Por lo pronto, las actividades del Club Venezolano de Rithmomachia (con sede en la UCV) van hacia adelante, aun cuando no tenemos la aceptación oficial de la institución, la cual estamos esperando. Hasta ahora hay una treintena de personas en su nómina, aunque no todos ellos han comenzado a jugar. Pero en realidad es muy fácil hacerlo. El documento anterior anterior muestra que una cartulina resistente es un buen material de construcción del tablero y las piezas. Si no disponen de un compañero cercano para jugar, pueden hacerlo con alguno que esté a distancia: en el documento se describe la notación algebraica -desarrollada por nosotros mismos- para describir cada jugada.
También estamos en la construcción de nuestra plataforma de comunicación;
tenemos correo electrónico:
club.rithmomachia.ucv@gmail.com;
síguenos en twitter por
@rithmomachiaucv
y además disponemos de un blog
http://rithmomachiaucv.blogspot.com.
Todos los instrumentos anteriores estarán a la disposición de las personas que quieran sumarse a cualquier actividad relacionada con Rithmomachia. De hecho, el blog estará abierto a las colaboraciones las cuales, por supuesto, se publicarán con el nombre del colaborador y deben ser enviadas al correo electrónico antes de su publicación, incluyendo sus gráficas, si fuera el caso. Como es de esperar, las modificaciones que hagamos al documento Rithmomachia: batalla rítmica de los números, también serán notificadas en el blog oportunamente.
El Club Venezolano de Rithmomachia es venezolano porque nació en nuestro país, pero no está cerrado a la participación de ciudadanos de otras latitudes que quieran acompañar nuestra inquietud con las propias. De hecho, la historiadora estadounidense Ann Moyer ya es miembro del club y hemos cursado solicitudes de aceptación de membresía a otros conocedores, que nos han dado su apoyo en el conocimiento de las interioridades del juego y su historia.
jueves, 1 de noviembre de 2012
Rithmomachia: un juego serio (¡como todos los juegos!)
La culpa de todo la tiene Tomás Guardia. ¿A quién se le ocurre presentarse con un juego en la sesión de Historia de la Matemática en las Jornadas de la Asociación Venezolana de Matemáticas? ¿No se da cuenta este señor que a esas Jornadas asiste gente seria, que no se anda con jueguitos? En una sesión de historia de la matemática uno espera ver desarrollos históricos de teorías, generación de teoremas y métodos, la evolución de los conceptos en el siglo XX, etc. Pero no: este caballero se aparece con un juego... y de paso, dice que es medieval. ¡Ni siquiera se le ocurrió traer algo diseñado por computadora para tal vez meterlo en un DS u otro dispositivo parecido! Pero no hay nada que se esparza más que la mala conducta: el hombre ha logrado difundir su virus y ya tiene un poco de gente con la cabeza clavada en el dichoso jueguito medieval.
Bien... bromas aparte, hay que reconocer que Tomás es una persona tan estudiosa como persistente. Siendo apenas un imberbe adolescente ya andaba por esos mundos de Dios leyéndose cosas como la Historia de la Matemática de David Eugene Smith, donde supo por primera vez de la existencia de Rithmomachia. Pero, ¿a qué cosa puede darse ese nombre tan raro?
El libro de Boecio tuvo una vigencia escandalosa; algunos hablan de 800 años, otros de 1000. En todo caso, esta inusitada duración muestra cuál fue el avance de la matemática en la Europa medieval. La figura al lado (conseguida en el texto Margarita Philosophica de 1503) muestra a Boecio compitiendo ventajosamente en un cálculo con el propio Pitágoras, quien ha de perder la competencia pues usa un ábaco frente a la sencilla disposición posicional del sistema arábigo manejado por Boecio. Observa el enfrentamiento la aritmética, humanizada femeninamente. La ilustración es anacrónica, no tanto por el hecho de que estén Pitágoras y Boecio sentados en el mismo lugar, sino más porque la numeración arábiga no conquistó a Europa sino muy entrado el Renacimiento, ya que el viejo continente se mantuvo aferrado a la pesada y poco práctica numeración romana. Evidentemente el autor de Margarita Philosophica era un hombre de una gran cultura y una mentalidad muy avanzada para su época.
En realidad Boecio no hace matemática con su Arithmetica, su esfuerzo es esencialmente taxonómico: se dedica a definir y clasificar los diferentes tipos de razones de números enteros que dejó el pitagorismo y el post-pitagorismo. Posiblemente se necesitaba una gran laboriosidad memorística para presumir del conocimiento de todas estas relaciones numéricas. Y entonces (¡suenen las trompetas, por favor!) a alguien se le ocurrió que un juego podía ayudar en la labor. Y así nació Rithmomachia.
Voy a ser cacofónico: el juego es juguetón hasta con su propio nombre. Rithmo es una idea musical: después de todo, para el pitagorismo la astronomía era la geometría de las estrellas y la música la aritmética del sonido. Pero Rithmo apocopa a arithmos, el número. Machia, por su parte significa "batalla". Así que quien juega Rithmomachia asiste a la batalla rítmica de los números. En el renacimiento, Ralph Lever y William Fulke escribieron un manual de Rithmomachia, en el que atribuyen la autoría del juego al propio Pitágoras. Pocas posibilidades de ser verdadera tiene esta afirmación, pero el espíritu de la escuela pitagórica ronda cada uno de los cuadros del tablero de juego y del movimiento de sus piezas.
Según la historiadora norteamericana Ann Moyer, especialista en edad media y en Rithmomachia, el juego fue tan consustancial al currículum de la época que acabado éste desapareció el juego. (Por cierto, por empeño de Tomás tuvimos la suerte de conocer personalmente a Ann y maravillarnos de sus profundos conocimientos en las aulas de la Universidad Central de Venezuela.) Pero nada se muere completo: la vida latente gana la posteridad y hoy, cuando resurge la visión pitagórica del mundo incluso en las concepciones de la física moderna, hay quienes están intentando poner sobre la mesa de nuevo los tableros de Rithmomachia.
Como ya comenté, Tomás Guardia es uno de estos neonatólogos históricos quien, desde su adolescencia (que no está tan lejana si a ver vamos) ha venido persiguiendo el juego en busca de sus enseñanzas, al punto de invertir una buena cantidad monetaria en la adquisición de un tablero fabricado en Gran Bretaña. Logró contagiarme de su entusiasmo pero, dado mi carácter de provinciano habitante de territorio de artesanos, busqué una solución artesanal. Es la que ven en la composición fotográfica que inicia esta entrada.
Producto de este entusiasmo contagiado hemos desarrollado una sencilla notación algebraica que nos permite jugar a la distancia, lo que se ha convertido en una fuente de posterior contagio a otros candidatos y ahora resulta que está por presentarse pública y oficialmente, dentro de poco tiempo, el Club Venezolano de Rithmomachia, con sede en la UCV. Hay un solo requisito para formar parte del club: tener ganas de jugar Rithmomachia.
Por supuesto, para lograr esto último hace falta hablar de las intimidades del juego, pero ya la entrada sobrepasa los estándares de longitud que me he propuesto para este blog, así que se las dejo para después.
miércoles, 3 de octubre de 2012
Un vídeo que me hizo reflexionar
Este vídeo del BID (que me lo regaló mi amigo Neptalí Romero) da bastante para pensar: http://www.youtube.com/ watch?v=pgyg6U6IBk8&sns=em.
Como una muestra de nuestro analfabetismo matemático (que es tan analfabetismo como el otro, el de las letras) basta comentar que,
recientemente, en un programa de concursos para "gente inteligente", un
participante no supo decir cuál es el área de un cuadrado de lado 3. La
audiencia lo "ayudó" contestando en un 94% que tal área es igual a 12.
Lamentablemente en nuestro medio hay un rechazo tan grande por la
matemática, que algunas personas hasta se enorgullecen de desconocerla y
asumen que su formación "humanística" nada tiene que ver con conceptos
matemáticos.
Peor aún es el hecho de que una buena cantidad de ingenieros desprecia su formación matemática y hasta la tilda de inútil. Uno se pone a pensar que si ingeniería significa el uso del ingenio para la resolución de problemas de alta tecnología, entonces este rechazo es muy expresivo de nuestro subdesarrollo.
viernes, 21 de septiembre de 2012
Los conejos de Fibonacci
Lo interesante del caso es que el número en sí ‒o la relación, vale decir‒ está asociado con la belleza, a tal punto de que el cirujano plástico norteamericano Stephen Marquardt lo usa como la base de su principal artefacto de trabajo: la máscara de Marquardt.
Quizás más interesante que esto ‒aunque posiblemente menos noticioso‒ es el hecho de que Φ está también relacionado con el crecimiento de los conejos. La relación tiene que ver con un problema estudiado por un matemático del siglo XIII d. C., conocido por el sobrenombre de Fibonacci. Tal apodo le viene a Leonardo de Pisa por ser hijo de un Guglielmo de la famila Bonacci, así pasó a ser filus Bonaci reducido luego a Fibonacci, como lo conoció la historia.
Lo cierto es que este Fibonacci era un hombre de una mentalidad muy avanzada para su época. Lo demuestra el hecho de ser un europeo dedicado al estudio de la matemática en una época en que a Europa le interesaba nada o casi nada la materia. Pero es que Fibonacci era un viajero y sus viajes lo colocaron en contacto con los árabes, quienes sí pasaron la edad media tratando de preservar el conocimiento matemático griego y resolviendo novedosos problemas algebraicos.
Fibonacci escribió varios libros, entre ellos uno con el nombre de Liber abaci, en el cual propone a la obtusa Europa, absolutamente apegada a la poco práctica numeración romana, el sistema de numeración apropiado por los árabes de los hindúes y que ahora conocemos como numeración arábiga, la misma que usamos hasta los días de hoy.
En Liber abaci, Fibonaci propone este problema: Un hombre coloca un casal de conejos entre cuatro paredes; si se supone que cada mes un par de conejos engendra un nuevo par que, a su vez, será productivo a partir del segundo mes, ¿cuántos conejos habrá en un año?
No es difícil la respuesta al problema, se trata de una sencilla aritmética. Estudiado mes por mes, el número de parejas de conejos sigue una sucesión de la siguiente manera: 1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, etc. En esta sucesión cada término que se escribe es la suma de los dos últimos ya escritos. Por razones obvias se le denomina sucesión de Fibonacci. Un hecho notable relacionado con la sucesión de Fibonacci es que si vamos dividiendo cada término que aparece por el que quedó atrás, cada una de las divisiones o cocientes se parece cada vez más a Φ, la relación áurea. En el lenguaje matemático se dice que los cocientes de términos sucesivos de la sucesión de Fibonacci convergen a Φ.
De la geometría a la zoología y de la zoología a la cirugía plástica. Lector... la matemática tiene sus modos de sorprendernos, ¿no te parece?
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