lunes, 17 de marzo de 2025

DEL REMAKE COMO CORRECCIÓN AL REMAKE COMO DEFORMACIÓN

 

 

El cine es arte e industria. Esa frase la he leído muchas veces, algunas de ellas con el añadido “a partes iguales”; pero este añadido es ilusorio. No es vana la afirmación del comediante y cineasta Taylor Perry según la cual quien tiene el oro pone las reglas. Charles Chaplin fundó su propia productora para sus propias películas: alguien tan exigente con su arte no podía permitirse el lujo de verlo mediatizado por el poder del dinero. Y él supo hacer suficiente dinero para imponer su soberana voluntad a su exquisito rigor. En su caso particular confluían arte e industria, pero ambas en beneficio de la manifestación artística. También hay que decir que sus éxitos de taquilla no desaconsejaban comercialmente el ejercicio de su arte: Chaplin llegaba a las masas con la misma facilidad que a las audiencias preparadas intelectualmente. Esto, no obstante, no es materia común, es más una rareza.

El gusto es una educación, un entrenamiento. Si alguien sabe de esto es la propia industria del entretenimiento, eufemismo que disfraza al negocio de la elaboración de productos audiovisuales destinados al consumo masivo acrítico. La eficacia de este negocio es medible con la observación de las expresiones verbales y actitudes de las personas que asisten a las proyecciones cinematográficas. “Vengo al cine a divertirme, no a pensar” pudiera ser frase representante canónica de una tendencia, que niega al espectáculo la posibilidad de ser un ente generador de pensamiento crítico. La frase en sí misma es todo un mito, pero encubre otros que demandan del cine una urgencia de actualidad, negadora de la historia del séptimo arte y del valor de sus contribuciones clásicas. El espectador educado por la industria del entretenimiento difícilmente entenderá que El ciudadano Kane o La quimera del oro son verdaderas obras maestras. Lo más lamentable es que su primera objeción apuntará al hecho de que son obras en blanco y negro… ¿para qué verlas si hace tanto que existe el color?

Un fenómeno del cine asociado a todas estas consideraciones es el remake, anglicismo que nombra al hecho de filmar una película con el argumento y/o el nombre de otra previamente filmada. Por supuesto que la repetición temática no es coto privado del cine: para el teatro, por ejemplo, es absolutamente necesaria y la pintura podría proporcionar cientos de ejemplos. Pero el espectador medio –el que paga las entradas, el que sostiene la industria, no el cinéfilo atento a la manifestación artística– suele pensar que es un hecho excepcional el tener que ver la misma película repetidas veces. A diferencia de la pintura o de la música, que son artes cuyo disfrute es esencialmente repetitivo, el cine es para consumo unitario. Las películas de gran éxito comercial producen secuelas y precuelas; las primeras continúan el argumento, las segundas explican –a posteriori– su origen. El remake tiene otra naturaleza y me gustaría explorar –a partir de ejemplos y con afán especulativo y no científico– algunas de sus posibles motivaciones.

 

Un caso muy interesante es cuando el remake proviene del propio director de la obra. El hombre que sabía demasiado (The man who knew too much) de Hitchcock es un notable ejemplo, que dibuja la insatisfacción del realizador frente a su obra. A la versión de 1934 el británico la calificó como la obra de un principiante talentoso, mientras que a la de 1956 la concebía como el trabajo de un verdadero profesional. El profesional maduro corrige al joven talentoso. No es el caso del austríaco Michael Haneke, director de la perturbadora (toda la obra de Haneke perturba, pero esta lleva al espectador al extremo) Juegos divertidos (Funny games). Evidentemente una película como ésta jamás podría ser un éxito de taquilla; muy rápido se correrá la voz de la cantidad de espectadores que abandonan la sala antes del fin de la proyección, pero el mismo Haneke complicó aun más el asunto al decir que quien se queda hasta el final es porque lo necesita, lo cual significa toda una acusación abofeteadora. A pesar de ello, como el público norteamericano no es aficionado a ver películas con subtítulos, a la versión alemana de 1997 el austríaco la copió en inglés en 2007, cuadro a cuadro, escena a escena, escenario a escenario, casi diálogo a diálogo, con Naomi Watts como productora y actriz principal. Distinto idioma; el mismo director: las mismas sensaciones… desagradables. El disfrute –si se puede llamar así– proviene de la reflexión posterior, no de la contemplación de la obra.


 

Relacionado con la necesidad del espectador de ver la obra en su propio idioma (sin doblajes), ligado además a la crisis de ideas que afecta a Hollywood desde hace algunos años, el remake de películas extranjeras se presenta como una alternativa razonable de negocios. Pero los resultados no siempre responden a las expectativas. Dos ejemplos argentinos podrían ilustrar: Nueve reinas de Fabián Bielinsky y El secreto de sus ojos de Juan José Campanella. El remake de la primera fue probado por el director Gregory Jacobs y producida por la compañía de los connotados Steven Soderbergh y George Clooney, con el nombre de Criminal, pero fue un intento triste y fallido: John C. Reilly ni siquiera se aproximó a la gigantesca interpretación de Ricardo Darín y la película, en territorio norteamericano, vendió mucho menos que su copiada versión sureña. La obra maestra de Campanella (con guion de Eduardo Sacheri), ganadora del Óscar a la mejor película extranjera, se presentaba como una apuesta difícil, pero el director Billy Ray la aceptó bajo el acicate del propio Campanella, a quien el resultado le satisfizo. No obstante, esta producción está muy por debajo en calidad de la que tomó inspiración; no puedo detenerme en muchos detalles pero basta observar que la pareja Darín–Villamil, transmite desde sus personajes una tensión sexual permanente, distinta totalmente a la disposición al affair liviano (casi adolescente) que encontramos en la pareja Ejiofor–Kidman. Tan débil es la relación emocional que el director necesitó del testimonio del propio marido, para hacer evidente lo que la actuación no pudo comunicar. Conversar sobre las diferencias en el tratamiento de los aspectos políticos requeriría un artículo ad hoc.

El remake suele aspirar a alguna independencia respecto a la obra en la cual se basa. Esto pareciera lo más sensato del mundo, pues se trata de un nuevo producto: algo distinto ha de ofrecer. Líneas atrás hablamos de la copia idéntica que Haneke hizo de su propia obra, hecho que nos enfrenta a muchos interrogantes, difíciles de desarrollar en un artículo que pretende pincelar crítica hacia una variedad de obras, pero que no pareciera tener otra motivación que la comercial. De un autor no creo que podamos decir que es servil consigo mismo, pero en esta materia el palmarés parece llevarlo Psicosis (Psycho) de Gus van Sant, triste remedo imitativo –cuadro a cuadro– de la genial película del mismo nombre de Hitchcock. Parece que van Sant (cineasta de altas cotas) quería verla en colores; mucho más no se puede decir de ella, aunque en estos casos la comparación actoral es un tema sensitivo para mí, y no puedo pasar por alto que el Norman Bates de Vince Vaughn jamás producirá en ningún espectador el terrible estremecimiento que nos provoca el Bates de Anthony Perkins.

 
Las diferencias de calidad entre obra original y remake es también un tema digno de abordaje. Algunas veces ambas son obras sublimes como en el caso de El cartero siempre llama dos veces (The postman always ring twice), de la cual podemos disfrutar igualmente tanto la versión de 1946 de Tay Garnett, protagonizada por Lana Turner y John Garfield, como la de 1981 de Bob Rafelson, interpretada por Jessica Lange y Jack Nicholson. Si me pidieran algún detalle importante que las diferenciara me quedaría con la clásica escena del sexo en la mesa del pan, que nos brindaron Nicholson–Lange, escena que ha sido copiada (o mal copiada) en infinidad de películas de calidad variable. (Mauricio Walerstein lo intentó en 1986 con la venezolana De mujer a mujer.) En el tono de la disputa respecto a la valoración se encuentran las dos versiones fílmicas de la Lolita de Vladimir Nabokov, que llevan el mismo nombre de la novela. La primera es de Stanley Kubrick en 1962 y la segunda de Adrian Lyne en 1997. Ambas me parecen buenas películas, por lo cual estoy fuera del grupo que detesta a una en beneficio de la otra, y los argumentos de cada fan en pro de su preferida particular me han parecido todos de lo más razonables. La actuación de Jeremy Irons (quien parece haber nacido para este tipo de papeles enfermizos) en la de Lyne, me transmite mucho más la morbosa desesperación del Dr. Humbert que la rigidez de James Mason. No obstante, el asesinato de Quilty en Kubrick, con la sangre emanando del orificio abierto en la pintura clásica, es de una genialidad que contrasta con la burda persecución a un hombre en pelotas que nos muestra Lyne.

 

Entro entonces en lo que pudiéramos llamar la sección de los remakes que no debieron haber sido nunca filmados, de los absolutamente prescindibles. Ya mencioné la Psicosis de van Sant, pero es forzoso incluir su nombre en esta sección, así sea sin comentarios adicionales... pasemos a otra cosa. En 1971 Sam Peckinpah, polémico cineasta estadounidense, nos sorprende con Los perros de paja (Straw dogs), en la que destaca el joven Dustin Hoffman (David) haciendo pareja con una bella, seductora e inquietante Susan George (Amy). En 1969 ya Peckinpah nos había impresionado con la violenta La pandilla salvaje (The wild bunch), pero en Los perros de paja el norteamericano lleva el tema de la violencia a un extremo perturbador de reflexión acerca de la responsabilidad individual en la generación de la misma. Cuarenta años después, Rod Lurie (director de la recomendable Nada más que la verdad [Nothing but the truth, 2008] en la que Venezuela es parte del eje central de la trama) intentó “revivir” la película de Peckinpah con un reparto que incluía a James Marsden (David) y Kate Bosworth (Amy). Contradictorio intento de darle vida a lo que aún es fuerte y vigoroso con un engendro que murió casi al nacer, precisamente por carecer en absoluto de la vitalidad de las obras de arte imperecederas. Reproduzco un comentario de Owen Gleiberman leído en la página web Filmaffinity: “La 'Straw Dogs' original no era, al menos para mí, una de las obras maestras de Peckinpah, pero es una película que la gente que la vio entonces todavía recuerda 40 años después. Dudo que alguien recuerde esta versión el mes que viene.” Coincido con Gleiberman en su conclusión, no así en su presentación: para mí Los perros de paja es una película de culto; si no, ¿cómo es posible que se recuerde después de 40 años de haberla visto? (Confieso un pecado: me la sé de memoria, pero cada año la veo al menos una vez.)

Llego por fin al momento de cierre y, por supuesto, he de hacerlo tal como promete el título: comentando el remake como deformación. En 1974 Dino Risi nos presenta un producto cinematográfico con una profunda carga poética y humanística: Perfume de mujer (Profumo di donna), con un Vittorio Gassman de primera, al lado de la bellísima Agostina Belli y el talentoso Alessandro Momo. El filme recibió múltiples galardones y la nominación al Óscar como mejor película extranjera. Gassman interpreta magistralmente al capitán Fausto, militar que ha perdido una mano y la visión completa por jugar con una granada en maniobras de guerra; sus heridas han magnificado su carácter irascible, pero muy pronto nos damos cuenta de que son más espirituales que físicas: conseguimos un hombre que necesita del amor pero ha perdido la capacidad de manifestarlo. El final de la película es una lírica y conmovedora súplica amorosa. Entendemos así los efectos de la guerra, sus terribles consecuencias: no arma la cinta una épica gloriosa, nos invita a reflexionar sobre su poder destructivo: físico y moral. (Un diálogo de esta película se me hizo compañero de vida: “Mira que la amistad es cosa seria, ¿sí? ¿Sabes qué es un amigo? Alguien que te conoce a fondo y, sin embargo, te quiere.”)

Dieciocho años después, en 1992, Hollywood nos ofrece Scent of a woman, de la mano del director Martin Brest, en el que un inmenso Al Pacino –merecedor del Óscar por esta actuación– se mete en la piel del teniente coronel Frank Slade, también ciego por jugar con una granada pero con sus dos manos íntegras. No obstante, Slade es un individuo orgulloso, representante fiel del soldado estadounidense, exhibidor del glorioso papel histórico (tantas veces demostrado en innumerables guerras sufridas por otros países), protector de los sagrados valores democráticos que definen a la sociedad del país norteño de acuerdo a los parámetros de su particular visión épica. Un Rambo invidente que, a pesar de su limitación física, no tiene dificultad en bailar un tango con una bella mujer (escena hermosa como pocas en la historia del cine mundial), ni manejar en plena ciudad un Ferrari a 150 km/h solo con las indicaciones verbales desesperadas de su ayudante (escena ridícula como tantas del cine gringo). A su intento de suicidio no lo conduce un sacudimiento interior de conciencia, sino un sentimiento de impotencia ante la pérdida de sus capacidades físicas. Sentimiento que contrarrestará con su actitud de soldado valiente y arrojado, tal como lo muestra el final de la película, tan distinto al de la italiana. La cinta de Brest dice estar basada en la de Risi pero, mientras ésta es un manifiesto anti–guerra, aquella reivindica la necesidad guerrera de los Estados Unidos, esa necesidad que ha sustentado su papel de potencia mundial dominante en el planeta. Por paradójico que parezca, la traición es sutil, pero contundente.

En traducción literal, remake significa rehacer. Generalmente los objetos de remake son entes de calidad lo que, en buena lógica, hace contradictoria la necesidad de rehacer. Pero el poder de don Dinero no se detiene en consideraciones lógicas de ninguna especie. Porque, en contradicción aun más profunda, a veces se puede rehacer con intención de destruir.

viernes, 14 de junio de 2024

BORGES, EL INFINITO Y EL AJEDREZ

 


Los lectores de Borges conocen su afición por el tema del infinito, asunto que manejaba con pericia a la hora de redactar sus  espectaculares ficciones o sus asombrosos ensayos. El argentino conocía la matemática del infinito en su parte definitoria y no le eran ajenas las teorías primarias de Georg Cantor.
 


 

Menos frecuente en su literatura es el tema del ajedrez, aunque la palabra se consigue en la obra en varias oportunidades. El ajedrez da para aproximarse al infinito por diversas vías, una de ellas la de los grandes números como, por ejemplo, la cantidad de granos de trigo que supuestamente pidió el inventor del juego a un rey imprudente y poco dado a analizar.

Pero hay un poema de Borges que nos enfrenta al infinito desde una atalaya sorprendente: la de ignorar el argumento aristotélico-tomista del primer motor. Para algunas mentalidades religiosas es herético. El poema en cuestión se llama precisamente "Ajedrez". Consiste en dos hermosos sonetos; lo comparto:


I
En su grave rincón, los jugadores/
rigen las lentas piezas. El tablero/
los demora hasta el alba en su severo/
ámbito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores/
las formas: torre homérica, ligero/
caballo, armada reina, rey postrero,/
oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,/
cuando el tiempo los haya consumido,/
ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra/
cuyo anfiteatro es hoy toda la Tierra./
Como el otro, este juego es infinito.

II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada/
reina, torre directa y peón ladino/
sobre lo negro y blanco del camino/
buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada/
del jugador gobierna su destino,/
no saben que un rigor adamantino/
sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero/
(la sentencia es de Omar) de otro tablero/
de negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza./
¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza/
de polvo y tiempo y sueño y agonía?

viernes, 29 de septiembre de 2023

UN VIAJE AL INFINITO



El documental "Un viaje al infinito", estrenado en Netflix el 26/09 próximo pasado, está impelable. Un abanico de notables matemáticos, físicos, astrónomos y filósofos nos muestran que la realidad es más fantástica que la fantasía más loca que podamos imaginar.
 

 
Gente tan eminente como Steven Strogatz, Carlo Rovelli, Brian Greene y otros brillantes científicos y filósofos se pasean por temas como el hotel de Hilbert y los agujeros negros, en un paseo en el que, lejos de mostrar la seguridad del sabio, manifiestan su propia perplejidad ante un fenómeno absolutamente abrumador.
 

Con total humildad y una buena dosis de humor, esta pléyade de pensadores le dice al espectador que no se preocupe por no comprender, que ellos están igual que él, aunque tengan la posibilidad de entender la matemática que soporta a las ideas.
 
Se los digo: está impelable. No se lo pierdan.
 

 

viernes, 2 de diciembre de 2022

TRUQUITOS, MAÑAS Y MALAS COSTUMBRES EN EL APRENDIZAJE DE LA MATEMÁTICA


Dentro de los tantos lujos que se pueden dar los reyes está el de tener los mejores preceptores. No obstante, tengo para mí que la mayor parte de las veces este es un lujo inútil. Se me viene a la mente Ptolomeo Sóter I quien tenía como preceptor, nada más y nada menos, que al sabio Euclides autor, entre otras obras, de los Elementos, monumental tratado en trece volúmenes que contiene (salvo el tema de las cónicas) todo el saber matemático acumulado en su época.

El asunto es que el anecdotario (que no siempre es fiel a la verdad) recoge un incidente en el que el soberano, posiblemente cansado de una explicación algo fatigosa de un largo teorema, inquirió al sabio acerca de una manera más corta de obtener el resultado. La respuesta que recibió debe haber herido su real orgullo, pues el geómetra le espetó: "No hay camino de reyes para la geometría". De ser cierta la anécdota, se convierte Ptolomeo Sóter en el antecedente más notable de ese espécimen de aprendiz que, sin poder ni querer entender la extraordinaria potencia formativa del pensamiento matemático, puja por convertirlo en un baúl de trucos y mañas, más propio de un prestidigitador que de alguien interesado realmente en su formación. Todo profesor de matemática ha vivido la experiencia del estudiante que le solicita: "Profe, ¿usted no me puede dar un truquito para hacer eso más rápido?".

Lo peor es que hay muchos profes que reparten trucos a diestra y siniestra; son la adoración de estos estudiantes. Algunos hasta escriben libros y, aunque no lo dicen expresamente, su estrategia de enseñanza se sustenta sobre el pensamiento fijo y absolutamente esquemático; los problemas de tales libros parecen sacados de un molde, pero vienen a montones para que el estudiante repita la rutina hasta el cansancio y asuma que su repetición es conocimiento adquirido. Este tipo de libro se ha hecho popular por cierto tipo de profesor que, ante cualquier estudiante inquisitivo lo invita -sin dejo alguno de vergüenza- a que cumpla su rutina y no se "complique" la vida. Hasta ahora no he mencionado la ingente cantidad de videos YouTube o TikTok para tal o cual truco, desde multiplicar dos números hasta calcular integrales.

En la página 30 del tomo 4 de la Enciclopedia Sigma de James Newman, conseguimos esta cita de Alfred North Whitehead: 
 
  
Que deberíamos cultivar el hábito de pensar en lo que estamos haciendo, es una máxima profundamente errónea repetida en todos los textos y por las personas más eminentes cuando hacen discursos. La verdad es precisamente lo contrario. La civilización avanza ampliando el número de operaciones importantes que podemos realizar sin pensar en ellas
 
 
 
Es posible que el profe amante del truquito y la repetición se sienta representado por el pensamiento del notable inglés. Pero esa identificación no es otra cosa que su incapacidad de razonamiento, producto de tanta búsqueda de trucos y atajos mentales. A ver, tratemos de poner las cosas en su sitio.

A cualquier lector de este artículo que se le haga la pregunta "¿4x3?" contestará 12 sin pensar. Un niño de tercer o cuarto grado, quizás mirando el cielo con la cabeza ladeada, apartará cuatro de sus dedos y los moverá tres veces para realizar la enumeración. El adulto que le increpe "¡Niño: no sabes multiplicar!" está profundamente equivocado; el niño está demostrando su comprensión del concepto: la multiplicación es una suma repetida. Pero si necesita el concepto para obtener el resultado es que aún no ha repetido la experiencia lo suficiente para convertirla en un acto mecánico, imprescindible para su avance hacia la adquisición de conceptos posteriores. Lo que nos plantea Whitehead es que todo el conocimiento humano consiste en la repetición continua, durante toda la vida, de estos actos de mecanización.

Pero cabe una pregunta: ¿tiene sentido la adquisición de los mecanismos sin la comprensión previa de los conceptos? Pareciera que no, pero ¿cuánta de nuestra educación básica está sostenida sobre este hilo tan delgado y frágil? Voy a un ejemplo, cuando se nos enseña a restar podemos conseguir una situación como esta:


Me propongo parafrasear el procedimiento tal como lo recuerdo: 7-9 no se puede (sic), por eso tomo prestado 1 del 0 (de quien ya me habían dicho que era nada) y el 7 queda 17 (no 8: 17), entonces 17-9=8; el 0 queda entonces 9 (¡milagro de Dios: no solo Cristo hizo aparecer panes y peces de la nada!), por lo cual 9-4=5. El 0 siguiente también queda en 9 (¡otro milagro!) y entonces 9-5=4; finalmente el 2 se convierte en 1 y se baja al resultado.

¿Algo más mágico que eso? Lo dudo. ¿Y más truculento? Mayor duda. Pero así hemos avanzado y creo que no hay mejor explicación que esta para la enorme cantidad de personas que se refugian tan rápido en las calculadoras. ¿Cuántas personas saben que en ese procedimento (absolutamente válido, más allá de su absurdo fraseo) está implícita la estructura del sistema posicional decimal?  No puedo alargar el artículo con los detalles pero, en realidad, hemos sometido el minuendo a una tranformación que convierte la resta del esquema original


a este otro esquema


en el cual, debemos observar que no cambiamos el valor del minuendo, sino la manera de escribirlo, para poder disponer del 1 que nos hace falta para hacer 17, porque en realidad no es un 1 sino una decena.

Comenzando por situaciones como esa llegamos a otras más deformantes. Me ha tocado conocer profesionales que necesitan de una calculadora para obtener un 10% de alguna cantidad, así como también la ha necesitado cierta encargada de caja de un negocio para calcular el 20% de 100. Indicaciones claras de la pérdida del concepto de proporción. En este sentido he visto críticos muy duros del procedimiento de la regla de tres. Pero no puedo entender cómo es que hacemos recaer la culpa en el procedimiento que -como cualquier otro procedimiento de cálculo- es mecánico y debe servir, tal como solicita Whitehead, para obtener resultados sin pensar en los pasos que me lleven a ellos.

Pero ¿qué es la regla de tres? En principio puedo responder que es un problema muy viejo pues se se le consigue en los Elementos de Euclides y se llamaba problema de la cuarta proporcional. En esencia consiste en plantear una proporción de cuatro términos en la que desconocemos uno: precisamente es regla de tres porque conocemos tres. Se usa para resolver problemas del tipo "si 5 naranjas me cuestan 8 bolívares, ¿cuanto tendría que pagar por 11 naranjas?", en el entendido de que se mantienen los precios unitarios de la naranja para cualquier cantidad.

Estrictamente, la proporción tendría que plantearse de la siguiente forma

donde 5, 8 y 11 son los números conocidos y x es el número faltante en la proporción. En términos precisos se trata de una sencilla ecuación de primer grado pero, como toca enseñarlo en cuarto o quinto grado de primaria parece desaconsejable usar la palabra ecuación y entonces, en vez de hacer el planteamiento correcto se prefiere formular el siguiente esquema

pero creo que una vez que el maestro presenta este esquema, olvida el concepto de proporción y se concentra en el esquema mismo, como una construcción vacía que será un molde fijo para enunciados similares: el mismo inconveniente del profe que escribió su libro de problemas repetidos y repetitivos. De esta manera, la amplitud del concepto de proporción se disuelve por completo y el aprendiz pierde de vista casos particulares importantes como el de porcentaje, por ejemplo. Las víctimas de este procedimiento llegan a adultos pensando que un porcentaje es una tecla de la calculadora y ni por asomo calcularían un descuento de 20% sobre 60 escribiendo la regla de tres

y mucho menos multiplicando por 8 y ajustando la escala. Ambos son procedimientos conceptuales, posibles solo si se entiende lo que significa la frase descuento de 20% sobre 60.

Resumo mi punto de vista: el problema no está en los procedimientos si estos tienen una base teórica que permita usarlos desde un lenguaje metafórico. El usuario que le quita un 1 a un 0 para dejarlo en 9 debe reconocer la estructura del sistema decimal que permite el fraseo. Es un caso similar al estudiante (o profesor) que pasa al lado izquierdo en suma un término que resta del lado derecho de una igualdad. Todos sabemos que, estrictamente, lo que se está haciendo es sumar el mismo término en ambos lados y en uno de ellos se obtiene una suma cero. Pero si tuviéramos que repetir este último fraseo cada vez que debamos resolver una ecuación entonces estaríamos contradiciendo la sabia máxima que nos dejó Whitehead.

Enseñar procedimientos que no vengan acompañados de su justificación teórica no es otra cosa que enseñar trucos, mañas y malas costumbres. Convertir la enseñanza y el aprendizaje de la matemática en recolección y búsqueda de estos trucos es la mejor manera de ganarle más adversarios (de los tantos que ya tiene) a un conocimiento que -aparte de entretenido y motivador- es una clave cultural imprescindible para la época que vivimos.

sábado, 5 de noviembre de 2022

UN POLVO DESAFORTUNADO, PERO UNA PELÍCULA AFORTUNADA

 


Confieso que soy muy ambiguo en mi relación con la red social Twitter. Todos los días la abro por lo menos una vez, pero no son pocas las oportunidades en que he tenido unas ganas inmensas de cerrar mi cuenta y olvidarme de eso. Un fenómeno que no puedo pasar por alto es que hay algunos tuiteros de una mediocridad excepcional (¿oxímoron?) que arrastran unos números casi millonarios de seguidores. Pero creo que Twitter abre una ventana hacia ciertos aspectos de lo humano que me parecen escabrosos hasta en su carácter de inefabilidad, a menos que tal carácter inefable no sea otra cosa que mi incapacidad de descripción de un fenómeno sociológico harto complejo.

En estos días en que se inventan tantos neologismos (muchos de ellos francamente eufemismos o barbarismos) se me antoja proponer la palabra catosavonismo, como una forma abreviada -casi apocopada- de la conjunción de Catón y Savonarola que muestran algunos cuantos tuiteros. Los catosavonistas expresan sus convicciones morales exentos de dudas; para ellos escribir en Twitter es equivalente a escribir un código en piedra. Muchos muestran en sus epígrafes de presentación sus profundas convicciones religiosas, pero manifiestan una exultante alegría ante la muerte violenta de un delincuente o de un líder político que detestan. Si estos hechos vienen acompañados de un video escabroso mucho mejor para su "productividad" de comentaristas.

Todas estas reflexiones se me ocurrieron luego de ver la película rumana Sexo desafortunado o porno loco (Babardeală cu buclucsau porno balamuc, en su idioma original, también nombrada como Un polvo desafortunado o porno loco) del año 2021 que, contradictoriamente, no nombra a Twitter en ningún momento. La cinta -dirigida y escrita por Radi Jude y estelarizada por Katia Pascariu- me trajo el recuerdo de un incidente de hace veinte años, en el que fueron protagonistas una bella actriz y un muy cotizado actor de la TV y el cine nacional. En ese entonces todavía estaba yo en aulas como profesor y me tocó conversar del tema en muchas oportunidades, ante la explosión de opiniones que consideré chocantes, pero meritorias de una sana discusión. Ya se venían incubando los polluelos opinantes tuiteros.

La película, excelente, tiene una estructura narrativa deliciosa, separada en tres actos. El primero -un paseo turístico por Bucarest, que nos muestra tanto lo bello como lo feo de la ciudad- nos presenta el problema que genera el drama de la protagonista. El segundo -con textura documental- nos da una serie de definiciones (en estricto orden alfabético) de los términos político-sociológicos  que parecieran definir este primer cuarto del siglo XXI; la mordacidad de algunas definiciones arranca carcajadas, pero el profundo humor negro que las envuelve nos deja cierto amargor; provoca anotar algunas de las citas que aparecen en este acto para preservarlas. El tercer acto fue el que me recordó a Twitter pues una caterva catosavonista, sin preparación de ninguna especie para la realización de un juicio, procede al mismo contra una persona que, con sus escasas fuerzas, debe responder a una maquinaria que está dispuesta a triturarla moralmente. No les comento nada del final porque es delicioso.

La mordacidad crítica del filme no deja títere con cabeza en ningún aspecto social. La iglesia y el ejército reciben lo suyo de manera despiada, pero la conducta ciudadana (el ambiente es de plena pandemia: los personajes andan con tapaboca y orden de distancia social) tampoco es dulcificada: algunas infracciones y abusos de tránsito me hicieron preguntarme si estaba viendo una película rodada en Bucarest o en Barquisimeto. Imagino que esto podría, más bien, envalentonar a nuestros tantos abusadores vernáculos.

Hay en la película unas cuantas escenas de sexo explícito tipo porno duro. Y lo comento por dos razones: una para correr a cualquier moralista que se haga la cruz ante la noticia. La otra es porque algunos de los que se persignan no pueden evitar la tentación de verla, una vez que lo saben. Eso sí, nadie que la vea quedará indiferente.
 

martes, 5 de julio de 2022

LA MEDALLA FIELDS 2022

 


Este año 2022 es el año del mundial de fútbol, evento de cuyo conocimiento escapan muy pocos seres humanos. Pero cada año de mundial de fútbol ocurre un evento cuya implicación en nuestra vida es inconmensurable y, posiblemente, inefable, pero cuyo conocimiento corre suerte inversa al deportivo. Se trata del conferimiento de la medalla Fields, la distinción más alta que puede recibir un matemático en su vida por la importancia de su obra en la materia.

Al igual que en 2014, este año en ese cuadro de honor está una mujer: es la segunda vez en la historia que sucede.

A continuación les muestro mi traducción de la página de la Unión Matemática Internacional (UMI o IMU, si la prefieren en inglés) con el resumen de la obra de estos pensadores que los hizo acrredores a tan alta distinción. Las fotos también fueron obtenidas de la misma página.

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Maryna Viazovska (Ucraniana, 1984)

Por la demostración de que el reticulado E8 es el empaquetamiento más denso de esferas idénticas en 8 dimensiones, además de contribuciones a problemas extremos relacionados y problemas de interpolación en análisis de Fourier.

June Huh (Coreano-Estadounidense, 1983)

Por llevar las ideas de la teoría de Hodge a la combinatoria, la prueba de la conjetura de Dowling-Wilson para reticulados geométricos, la prueba de la conjetura de Heron-Rota-Welsh para matroides, el desarrollo de la teoría de polinomios lorentzianos y la prueba de la conjetura fuerte de Mason.

James Maynard (Británico 1987)

Por contribuciones a la teoría analítica de números, que han conducido a grandes avances en la comprensión de la estructura de los números primos y a la aproximación diofántica.

Hugo Duminil-Copin (Francés, 1985)

Por haber resuelto problemas de larga data en la teoría probabilística de transiciones de fase en física estadíatica, especialmente en dimensiones tres y cuatro.

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Observen las fechas de nacimiento: todos menores de 40 años. Es un requisito para aspirar a ese premio.


(Si quieren algo más de detalle sobre la medalla Fields, pueden consultar un artículo al respecto en este mismo blog.)

lunes, 20 de junio de 2022

BUENA SUERTE, LEO GRANDE

 En la que debe ser la más digna y hermosa actuación de su digna y hermosa carrera, Emma Thompson nos regala una faceta actoral absolutamente bella, desconocida, honesta y espectacular en "Buena suerte, Leo Grande", una película donde todos los mitos comerciales sobre la sexualidad y la belleza física van a parar al albañal de donde salieron.

Pero la inglesa no está sola pues -haciéndole par en una actuación que, sin ser del oficio, considero harto difícil- conseguimos en el film al irlandés Daryl McCormack quien, sin llegar aun a los treinta años, dispuso de la valentía de hacer, con una actriz a la que seguro respeta y admira, unas escenas que, por su atrevimiento e iconoclastia requieren de mucho coraje. Pero no voy a describir con burdas palabras lo que, por su belleza, fue hecho para ser visto y no descrito.

La economía de recursos materiales de la película es asombrosa, puesto que su estructura teatral se apoya sobre la base de los inteligentes diálogos de los dos personajes principales, casi que únicos, porque los secundarios están bastante reducidos tanto en el tiempo como en el impacto y no pasan de tres. Esos diálogos que acabo de comentar llevan al espectador con mucha frecuencia a la risa y, en momentos cumbres, a las lágrimas. Pero también hay en la película escenas sin palabras que descolocan completamente el corazón: hay que prepararse para un final absolutamente indescriptible y, de seguro, inesperado.

Yo no sé si existe eso que se llama toque femenino o si es un invento o eufemismo más de la condescendencia social, que quiere elaborar méritos para compensar la segregación de la que han sido víctima las mujeres durante buena parte de nuestro atrás histórico. Pero no deja de ser un detallazo que quien dirige esta película se llame Sophie Hyde.

En lo que sigue la película va a sonar. Tengan la seguridad de que sí. Y, con todo y su salida temprana en este año, va a estar presente en muchas premiaciones del que viene. Luego hablamos. Mientras tanto deberíamos pensar en lo de incluir el placer como materia obligatoria en las escuelas.


miércoles, 8 de diciembre de 2021

"EL ÚLTIMO DUELO" DE RIDLEY SCOTT

 


    En todo juicio sobre violación sexual un punto muy preponderante para jueces, jurados, abogados y -los nunca faltantes- espectadores morbosos es la posible colaboración de la mujer en el acto de violación. Casi podría decirse que todo juicio de este delito deriva más en buscar las conductas femeninas supuestamente generadoras del mismo que de analizar la fechoría como tal.

    Si alguna película retrató esta situación con lujo de detalles fue aquella inolvidable Acusados de Jonathan Kaplan, en la que una excelente Jodie Foster (ganadora del Óscar y del Globo de Oro, por su actuación en ella) pasa de víctima a victimaria, por su "provocación" de la violencia.

    El último duelo, la más reciente película de Ridley Scott recoge el tema nuevamente, pero esta vez con la escena situada en la Edad Media, en la segunda mitad del siglo XIV. Puede ser que con esta película, quiera decirnos Ridley Scott que no es mucho lo que hemos avanzado en la materia. Salvo quizás las terribles penas a las que se arriesgaba la mujer, ella siempre ha llevado el hándicap de la sospecha de provocación. Y, lamentablemente, podrían ser sus propias congéneres femeninas quienes dejen las dudas más profundas al respecto.

    Con un guion interesante -de Matt Damon, Ben Affleck y Nicole Holofcener- que nos cuenta la historia principal tres veces, desde los puntos de vista de tres protagonistas distintos, al estilo de Kurosawa, creo reconocer también en la película la influencia de Sam Peckinpah, sobre todo en la escena de la violación, la cual me hizo recordar la de Los perros de paja que, por su ambigüedad,  tantos calificativos de misoginia dejó caer sobre el californiano. Por supuesto que Scott no los recibirá, puesto que manejó muy hábilmente cada punto de vista.

    La puesta en escena es impecable, los escenarios magníficos y las actuaciones hacen un juego extraordinario con el todo, en el que el enfrentamiento de tres hombres (dos contra uno) producen un suspenso permanente en el espectador. Un cínico conde Pierre d'Alençon (Ben Affleck), descarga toda su repulsión sobre el caballero Jean de Carrouges (Matt Damon), apoyado en el arribista Jaques Le Gris (Adam Driver), quien inicialmente es amigo del segundo, para pronto traicionar la lealtad que le debía. La presencia de Marguerite (Judie Comer) endulza la pantalla ante tanta violencia con un rostro inmensamente bello y luminoso.

    Parece que lo mejor de las productoras quedó para el fin de año. Disfrútenla.

domingo, 31 de octubre de 2021

"LAMB": DESBORDE DE AMOR ANTE EL ABSURDO

 


    La mitología nórdica -tan cara a Jorge Luis Borges- sustenta su universo divino sobre dioses o seres mitológicos con apariencia esencialmente humana. Posiblemente algunos cuernos o alas nieguen lo rotundo de la afirmación pero, más allá de las desproporciones que nos muestra un espectro que va desde trolles (gigantes) hasta elfos (enanos), lo humano es la marca distintiva de todos estos seres. No sucede igual en el mundo de lo grecorromano, puesto que seres biformes como el centauro o el fauno, disuelven lo humano en una morfología bastante híbrida. (No menciono la multiformidad de Pegaso, pues carece justo de lo humano.)

 


   Por eso llama profundamente la atención que venga precisamente de Islandia una propuesta fílmica como Lamb (Cordero), del director Valdimar Jóhannsson. Desde el punto de vista formal esta película resulta ser cine puro: solo después de casi diez minutos de filme oímos un primer diálogo entre los protagonistas (se trata de una obra con muy pocos personajes y escasos diálogos), pero eso no impide que en ese momento ya dispongamos, con suficiente claridad,  de un argumento de frustración familiar y soledad, dentro de un ambiente natural que, paradójicamente, oprime con su enorme extensión. Nos bastan para ello escenas de la rutina familiar campesina y pocos segundos de una cena navideña sin sonrisas y con música desafinada. (Este alarde expresivo al lado de tal exigüidad material hace recordar Cuerno de cabra, la película búlgara de 1972, dirigida por Metodi Andonov. También esta es un poema visual -como exige Jóhansson que se valore Lamb- de seres humanos con un carácter forjado por la Naturaleza que los circunda.)
 


    Y es exactamente esa aparente escasez de recursos lo que produce la sorprendente paradoja que sirve de sustento argumental a la película. Porque, para poder hacer entender su premisa fílmica, Johánson se obligó a recurrir a su experiencia holliwoodense en el manejo de efectos especiales (Oblivion, 2013; Rogue One: Una historia de Star Wars, 2016; La guerra del mañana, 2021.) creando un ser mitológico que, como pasa con toda mitología, viene a cumplir un deseo o necesidad humana que parece lejana, si no imposible.


    
A María (Noomi Rapace) e Ingvar (Hilmir Snær Guðnason) los desuela el no tener hijos, producto de una pérdida cuya razón está vedada al espectador; tan solo una cruz da memoria de ello. Al lado de su dolorosa infertilidad, las ovejas que cuidan y les sirven de sustento disfrutan de una fiesta reproductiva casi permanente. Uno de estos partos, de resultado inesperado, ilumina en María la solución a su estado de desolación y, cual Eva en el Paraíso, convence a su Adán (Ingvar) de comer la fruta que -contrario a sus predecesores- aún no saben que está vedada.


    
Comienza así una vertiginosa historia de amor parental regida por el absurdo y el horror, de la que los únicos asombrados testigos son el perro y el gato de la familia, presencias constantes e inquietas en toda la película: parecieran oprimidos por el mensaje que no pueden hacer llegar a sus dueños. Pero los padres, embriagados del amor satisfecho, están demasiado ciegos para ver el horror del espectador y de sus domésticos compañeros. Tan ciegos que María decide destrozar, por la vía más violenta posible, el aviso con el que la Naturaleza le expone su disparate.


    
Justo en el momento en que María apela a la violencia extrema, llega una inesperada -pero también aparente- solución fílmica con el arribo de Pétur (Björn Hlynur Haraldsson), hermano tarambana de Ingvar, de quien llegamos a sospechar una antigua relación sentimental con la propia María. Pétur comprende la insensatez en la que han caído su hermano y su deseada cuñada, pero también entiende las razones de ambos para sucumbir a la inconsciencia. Por eso, aunque lo intenta, no alcanza a realizar la propia acción que María, sin querer, le mostró. Su frustrado intento da paso a la demostración de una ternura no menos incoherente que la de sus parientes.

    La película se desenlaza de la misma absurda manera. De nuevo la mitología parece decirle a María que la Naturaleza siempre va a ser más fuerte que la voluntad de dominio del Hombre, y que sus actos contra ella en algún momento reciben el debido cobro. La soledad de María -y su consiguiente desolación- es ahora absoluta y total.


   
Estamos ante un producto fílmico deslumbrante: tanto Valdimar Jóhannsson como Noomi Rapace han sido premiados por su trabajo en distintos festivales. Pero todavía le queda camino por recorrer y no faltarán reconocimientos posteriores. Los comentarios que pueden leerse de ella hablan de espectadores atolondrados por la presencia de lo inexplicable. Lo cierto es que todo el que la ve queda tocado de alguna manera, nunca indiferente.


lunes, 19 de julio de 2021

VEJEZ Y VOLUNTAD: "THE LEISURE SEEKER", DE PAOLO VIRZI

      


    Que un imbécil de más de cuarenta años de edad confiese sentir náuseas al ver a sus padres en la saludable y reconfortante práctica del cunnilingus, no es más que la constatación del triunfo social y religioso contra Eros. Admitiendo la postura de Octavio Paz, según la cual la metáfora sexual, a través de sus infinitas variaciones, dice siempre reproducción; la metáfora erótica, indiferente a la perpetuación de la vida, pone entre paréntesis a la reproducción, entonces es claro que, una vez agotada la posibilidad reproductiva, el ejercicio del sexo va adquiriendo niveles cada vez mayores de reprobación, a medida que la vejez va ocupando su natural espacio.

    (Escribo vejez con sus cinco letras. Me resisto a dejarme ganar por los eufemismos tipo tercera edad o, peor todavía, juventud prolongada. La corrección política ha deformado el lenguaje a extremos harto idiotizantes. Por lo demás, no es la primera vez que me manifiesto en este sentido; al respecto remito a La vejez: algunas visiones cinematográficas y La vida empieza hoy, Laura Mañá.)

   
La vejez produce muchas limitaciones, tantas que no ha faltado quien haya querido asimilar este estado de la vida a una segunda infancia. Pero esta, como tantas otras visiones de alcance limitado, olvida que el viejo dispone de dos cosas de las que no dispone el niño: (a) recuerdos y (b) voluntad basada en la experiencia. Mientras haya un gramo de lucidez en la conciencia del individuo, ambas características son entes constitutivos de personalidad, exigentes de un espacio de respeto, que no siempre ha sido fácil ganar.

   
The leisure seeker, cuya traducción literal es El buscador de ocio, es una película de 2017, dirigida por Paolo Virzi. He visto de ella por lo menos dos títulos en español: El viaje de sus vidas y Nuestra última aventura, que es como se titula en la plataforma Netflix, donde está disponible. No deja de ser interesante el hecho de que su estructura narrativa es la de una road movie, una película de carretera, género difícil de asociar a la vejez; allí comienza su atrevimiento y es dónde se genera su interés principal, más allá de todas las críticas que la presentan como una película en extremo previsible en su línea argumental.

 
   Para sustentar su propuesta con la mayor veracidad posible, Virzi la apoya en dos gigantes de la actuación: Helen Mirren y Donald Sutherland en los papeles de Ella y John, dos viejos que, al igual que los personajes de Laura Mañá, deciden que la vida empieza hoy y no es justo que el viejo home car arrumado en el garaje -ese que muchas veces acompañó aquellas aventuras juveniles y de madurez- termine sus días, como ellos, en la monotonía de un obligado encierro.

    A partir de esta decisión, tomada a lo Propercio (en las cosas grandes, el solo acometerlas honra), inician un viaje sin retorno en el que, sin pedir permiso, le ganan a la vida la intensidad que le negaría la rutina, porque esta última -fatalmente- les conducirá a idéntico resultado. Volvamos a Octavio Paz: El significado de la metáfora erótica es ambiguo. Mejor dicho: es plural. Dice muchas cosas, todas distintas, pero en todas ellas aparecen dos palabras: placer y muerte.

    Nacemos para morir: lo interesante de la vida es lo que dejamos entre los dos extremos de este intervalo. El nacimiento se asocia a la alegría, la muerte al dolor; cada uno niega al otro. Nos hemos empeñado en concebir la vida como una curva acampanada, cuya primera parte creciente corresponde a la alegría y a Eros, mientras que la segunda -en bajada- al dolor y Tanatos. Ella y John hicieron lo posible para no permitir que, en sus últimas horas, Tanatos ganara la preponderancia que, hasta por imposición social, se espera que tenga. La voluntad también es algo que la propia vida -en tanto vida- nos da permiso para ejercer.

miércoles, 31 de marzo de 2021

MAURITS CORNELIUS ESCHER: LA IMPOSIBILIDAD DE LO IMPOSIBLE


El título de este artículo pretende jugar a la ambigüedad; la doble negación −lo enseñó Borges con maestría− siempre se presta para ello. ¿A qué aspiramos: a negar lo imposible o a reafirmar su naturaleza? Y cabe preguntar, ¿conocemos suficientemente lo imposible para intentar su delimitación conceptual? Parece, sin embargo, que cualquier respuesta que ensayemos apuntará a las capacidades de nuestros sentidos. O mejor aún: a la construcción de la realidad que la razón ha elaborado con el auxilio de los sentidos.

Incapacitados como estamos de dar una respuesta satisfactoria, podemos buscar como recurso una aproximación a ella a través de un artista que dedicó buena parte de su obra a mostrarnos cómo nuestras percepciones −y, particularmente, la reina de todas ellas: la percepción visual− llegan a lograr que nuestra concepción de la realidad se extravíe de modos absolutamente inesperados. El artista de quien queremos hacer referencia es el holandés Maurits Cornelius Escher, cuya obra se enlaza con las concepciones científicas de los últimos tiempos; enlace que resulta del todo sorprendente si hacemos notar que Escher carecía de formación científica, a pesar de lo cual en su adultez creativa confesó sentirse más cerca de los matemáticos que de los artistas. (En la entrada al post tenemos un autorretrato de Escher.)

La ciencia de finales del siglo XIX y principios del XX significó un duro golpe para quien −hasta entonces− había sido uno de los aliados más seguros del racionalismo: el sentido común. Tanto la matemática como la física comenzaron a transitar caminos que conducían a lo imposible, sin salir un momento de los terrenos de lo racional.

La pauta la fija la geometría. Un oscuro profesor ruso, empeñado como tantos otros en la búsqueda de demostración del quinto postulado de Euclides −una proposición que se había resistido a demostración durante 22 siglos− consigue, a partir de una forma de negación de este mismo postulado, todo un cuerpo de teoría de una coherencia y fortaleza lógica tales que pudo reclamar para sí el estatus de nueva teoría geométrica, vale decir, una construcción lógica que desafiaba las concepciones del espacio imperantes hasta el momento. Junto a este profesor, pero independientemente de él, otros pensadores abordaban tarea similar con enfoques distintos al suyo. El ruso se llamaba Nikolai Ivanovich Lobachevski; sus desconocidos compañeros de tarea eran los alemanes Carl Gauss y Bernhard Riemann y el húngaro Janos Bolyai. Usemos unas cuantas líneas para hablar de las teorías de Lobachevski.

La contemplación del sencillo dibujo que sigue nos ayudará a comprender. Se trata de una recta (que identificamos con la letra l) y de un punto fuera de ella (al cual identificamos como P):

¿Qué hay si queremos trazar por el punto P paralelas (es decir, rectas que no la corten) a la recta l? Los sentidos  parecen decirnos que el plural está mal utilizado. Cierto: podemos trazar paralelas pero... no podemos esperar trazar más de una:


Así lo entendió el sabio Euclides en el siglo III a.C. y construyó −tomando esta proposición como la quinta de un grupo de cinco− todo un cuerpo teórico sobre el que, a su vez, se erigieron concepciones de la realidad tan imponentes como la física newtoniana. Lobachevski, sin embargo, parado quizás en una orilla de una larga calle, mientras contemplaba el borde opuesto paralelo al suyo, desvió la mirada hacia su propio borde y vio que, a ambos lados, la perspectiva parecía indicar que los bordes de la calle se buscaban. ¿Por qué no suponer, entonces, que la perspectiva hablaba de dos paralelas por el mismo punto en sentidos contrarios?

Atrevido como fue, este cambio de visión se mostró sólido en su estructura lógica, pues al mantenerse sus inferencias sin contradicciones entre ellas desde un punto de vista de vista estrictamente racional, adquirió para sí las características de teoría científica y llegó a llamarse hasta nuestros días geometría hiperbólica. Tales inferencias chocan contra el sentido común, lo que hizo necesario crear modelos que las asimilaran a éste, tales como el disco o plano de Poincaré, ideado por el brillante matemático francés Henri Poincaré. Casi al mismo tiempo otros geómetras, como August Ferdinand Möbius, intentaban un camino diferente al comenzar a preocuparse por las propiedades de los cuerpos geométricos que no sufrían cambios cuando se deformaba continuamente a estos cuerpos. A partir de esta preocupación comenzó a nacer una rama de la matemática que se denominó oficialmente topología, a la que algunos bautizaron con el mote de  geometría de la lámina de goma; del seno de esta disciplina emergieron figuras tan extrañas como superficies de un solo lado o volúmenes sin exterior ni interior. Ajena a todo este torbellino de ideas científicas, la intuición de Maurits Cornelius Escher llenó su obra pictórica de lo mejor de ellas.

M. C. Escher nace en el año 1898, en Leeuwarden, Países Bajos. Hijo de un ingeniero hidráulico, quien decide para él el destino de arquitecto, comenzó la carrera en la Escuela de Arquitectura y Artes Decorativas de Haarlem, solo para abandonarla en cuanto conoció a un profesor de artes gráficas quien le despertó sus verdaderas vocaciones: el dibujo y el grabado sobre madera. En un viaje a España conoce La Alhambra de Granada, donde queda maravillado y profundamente influenciado por los diseños geométricos que en sus paredes dejó el islam. Quizás por esta razón, rápidamente perdió el interés en el arte figurativo, es decir en la reproducción más o menos fiel de la “realidad”, pasando en cambio a un vivo interés por diseños abstractos en formas concretas de geometrías no usuales, como las no euclidianas y la topología. Todo esto desde un punto de vista absolutamente intuitivo dado su ya comentado desconocimiento de la materia. Por eso no sorprende que, en su madurez creativa, haya expresado

Quien se maravilla de algo, toma conciencia de algo maravilloso. Manteniendo alerta mi mirada frente a los enigmas del mundo, si bien interesado en su plasmación sensible, entro en contacto, en cierto modo, con el dominio de las matemáticas. Aunque no dispongo de una formación en las ciencias exactas ni de conocimientos especializados, a menudo me siento más próximo a los matemáticos que a mis colegas de profesión.

Para comentar, en el espacio de que disponemos, algo de la obra de Escher necesitamos hacer un pequeño esfuerzo de clasificación. Por supuesto que esta clasificación podría llevarse a cabo de formas diversas, incluyendo como opción la cronológica. Pero poco nos ayudaría en nuestro intento −quizá inútil− de delimitar lo imposible un enfoque como éste. Antes bien, pensamos que sería mejor un acercamiento al artista por ciertos temas que abordó (algunos de ellos con suma recurrencia) y que tocan, sin saberlo su autor, aspectos bastante difíciles y sutiles de la matemática superior. Fijemos nuestra atención, entonces, en tres de estos temas: las teselaciones, la cinta de Möbius y las perspectivas imposibles.

TESELACIONES

Tesela es sinónimo de baldosa o mosaico. De manera que una teselación consiste en llenar el plano mediante un conjunto finito de formas similares o distintas. El tema de las teselaciones se inscribe en matemática dentro de la teoría de grupos y a él se han dedicado hombres tan eminentes como Roger Penrose y John Conway. Las teselaciones más simples se conocen como teselaciones regulares y disponen polígonos en formas de máxima simetría; el astrónomo Képler demostró que sólo pueden haber tres clases de teselaciones regulares: con triángulos, rectángulos y hexágonos


Afortunadamente, si las teselaciones no son regulares el espacio de posiblidades se amplía hasta el infinito y el genio de Escher vislumbró esta fuente ingente para aprovecharla al máximo. Escher podría haber llegado a las teselaciones (a las que llamó particiones regulares de la superficie) luego de su visita a La Alhambra de Granada, ante cuyas formas afirmó:

¡Qué lástima que el Islam les prohibiera a estos artistas "reproducir" figuras! Los diseños que utilizan en sus azulejos siempre estuvieron limitados a figuras geométricas. Que yo sepa, ningún artista árabe se atrevió nunca (¿o es que a ninguno se le ocurrió?) a utilizar las formas concretas y fácilmente identificables que existen en la naturaleza −peces, aves, reptiles, humanos− para dividir una superficie. Esta limitación me parece más incomprensible, cuanto que la posibilidad de identificar las figuras de mis propios dibujos es la razón de mi vivo y permanente interés por el tema de la partición regular.


y, años después escribiría a un sobrino:

En primer lugar, mi obra está relacionada con la división regular del plano... He luchado, por decirlo de alguna manera, con dos dificultades distintas, que conforman juntas todo este asunto tan cautivador para mí: la primera, "hallar", componer o juntar las figuras congruentes que necesito; la segunda, componer un plano delimitado con medidas específicas, en el cual estén encadenadas o encarceladas estas figuras, que llevan dentro de sí la infinidad o lo ilimitado.


Podemos comenzar analizando algunas obras que sugieren la teselación, pero no la desarrollan completamente; algunas veces, incluso, es solo parte de un proceso evolutivo sugerido por el artista; por ejemplo la xilografía Día y noche


muestra cómo campos de labranza ascendiendo pueden convertirse en cisnes, unos blancos, que vuelan hacia el este a encontrar la noche, y otros negros, dirigiéndose al oeste a encontrar el día. Del contorno de los cisnes negros emergen los cisnes blancos y viceversa, produciendo una bella imagen especular inversa.

Un sentido evolutivo similar tienen obras como Liberación (una litografía)

que refleja la angustia, muchas veces manifestada por el artista, en su lucha por hacer salir del papel formas que, ante la vista del espectador, adquieran su completa libertad. Asimismo, la xilografía  Aire y agua

se atreve a más, pues de un oscuro fondo acuoso un solitario pez asciende, multiplicándose, hacia la superficie en donde se hace uno con un ave que ascenderá hasta el cielo hasta alcanzar su total emancipación.

Algunas veces la evolución pareciera indicar un sentido negativo, como en Ciclo

 

en la que un alegre y exultante joven sale corriendo de la parte interna de un edificio hacia sus escaleras; al bajar por éstas, el joven va perdiendo su aspecto tridimensional, haciéndose cada vez más plano y atonal hasta convertirse en una sombra chata de sí mismo que se tesela, de abajo hacia arriba, desde el lado inferior izquierdo del dibujo, para subir en metamorfosis que lo convertirá en disposiciones de cubos paralelos a la escalera por donde bajó. Podemos inferir −sin pretender atribuir nuestra inferencia al propio artista− que lo que estamos viendo es una figura plana y, en realidad, todas las representaciones del joven son planas, aun cuando nuestra mente les haya asignado un volumen; así, finalmente, el espacio no es más que un punto de vista.

Estas obras se desarrollan en un espacio infinito e ilimitado, pero lo limitado no es una condición necesaria de lo finito, como lo demuestran el grabado Cisnes y la xilografía Jinetes, que podemos ver a continuación;


en ambas obras se observa un conjunto de figuras idénticas −cisnes en un caso, jinetes en el otro−, pero de colores o tonos contrastantes, que se desplazan en direcciones opuestas según el color o tono. Las figuras se funden o teselan en el centro del dibujo, permitiéndonos visualmente un paso, sin solución de continuidad, al cambio de tono o color según el caso, con lo cual el pintor prefigura su trabajo con la cinta de Möbius, que analizaremos luego. Es esta permanencia de la continuidad la que instala el infinito en las dos obras comentadas.

Este último comentario me conduce a una de mis litografías escherianas preferidas: Reptiles

de la que reproduciré, además, el comentario del propio autor que me parece delicioso:

En medio de diversos objetos, está abierto un cuaderno de dibujo por una página en la que se puede ver el dibujo de un mosaico compuesto de figuras en forma de reptil, coloreadas en tres tonos que contrastan entre sí. Una de las bestezuelas evidentemente está harta de permanecer allí, plana y rígida, entre sus congéneres. Así, extiende una de sus patas más allá del borde del cuaderno y se apresta a abandonar la superficie y a gozar de su nueva libertad. Trepa por el lomo de un tratado de zoología y sube trabajosamente por la pendiente resbaladiza de una escuadra, para llegar a la cumbre de su existencia. Breve pausa, cansada pero satisfecha, inicia, pasando por un cenicero, el descenso que la hará retornar al papel de dibujo, a la superficie plana. Allí se inserta obediente entre sus antiguos compañeros y vuelve a asumir sus funciones de elemento de partición de la superficie.


¡Bellísima alegoría de la vida! En la que además, Escher parece acusar una fuerte influencia platónica al situar al reptil, en el momento más vigoroso de su existencia activa, encima de la cara superior de un dodecaedro, sólido compuesto de doce caras pentagonales, al que Platón consideró el plano en el que Dios se basó para construir el Universo.

La primera teselación realizada por M. C. Escher, data de 1922; se trata de una xilografía llamada Ocho cabezas


y fue ejecutada siendo aún estudiante en Haarlem. Esta teselación corresponde al concepto de teselación periódica, calificación que señala la posibilidad de seleccionar una sección de ella para construir baldosas que, colocadas una junto a la otra, reproducen, sin solución de continuidad, el dibujo ad infinitum. Consiste, como su nombre lo indica, en ocho cabezas de las cuales cuatro pueden verse en una disposición del dibujo y de las otras cuatro se obtiene detalle exacto girando el dibujo 180 grados. La teselación periódica fue tema permanente de Escher; como muestra incompleta presentamos tres ejemplos de la multitud de obras que denominó Partición regular del plano:


Sin embargo, a pesar de la enorme cantidad de obras de Escher de este tipo, la teselación periódica significaba para él como artista una limitación insoportable, de manera que necesitó dirigir la exploración hacia otras posibilidades que lo acercaran aún más a la incansable búsqueda del infinito que evidenció en una cita anterior. Observemos que la teselación periódica es una manifestación del infinito potencial; esto es, el dibujo de la teselación puede repetirse tanto como se quiera solo con poner las teselas unas en contacto con otras: el infinito, entonces, es una posibilidad. Desde los griegos clásicos hasta el siglo XVII fue éste el punto de vista imperante respecto al infinito; el cálculo diferencial, sin embargo, cambiaría las cosas al usar un lenguaje que contenía términos como cantidades evanescentes, que la terminología moderna convertiría en diferenciales. Estas cantidades evanescentes serían de una naturaleza tal que −en una degradación que la experiencia rechaza− alcanzarían lo infinitamente pequeño sin llegar a ser cero. Esto hacía de lo infinito una sustancia más que una posibilidad, es decir, el infinito podía ser predicado de algún sujeto. A esto se le llamó el infinito actual.

Los heresiarcas que edificaron este insólito proyecto se sustentaban en el éxito de sus realizaciones: los siglos XVII y XVIII fueron de grandeza para la matemática en cuanto a la enorme cantidad de nuevos resultados obtenidos. Pero había, dentro y fuera de la matemática, quienes señalaban −a veces con insólita dureza− que el lenguaje dejaba mucho que desear respecto a la fundamentación de estas ideas. La primera mitad del siglo XIX pondría las cosas en su sitio, pero por la vía de un retorno al infinito potencial y de un nuevo lenguaje que alejaba la matemática del terreno intuitivo y la llevaba por caminos de extrema formalidad. Paradójicamente, estos mismos caminos condujeron a Georg Cantor de nuevo al infinito actual por intermedio de su sorprendente teoría de conjuntos, la cual abría la puerta a la existencia de diversas clases de infinito, siendo el más pequeño de ellos el infinito que corresponde a los números que usamos para contar. Para este infinito, Cantor ideó un bello símbolo: aleph sub cero, la letra hebrea aleph seguida del subíndice cero.


De estas ideas está permeado el espíritu del grabado en madera Cada vez más pequeño


del cual comenta el artista

La superficie de cada uno de los elementos en forma de reptil se divide hacia el centro, de modo sistemático y continuo, por la mitad. Al llegar al centro, se alcanza −por lo menos en teoría− tanto el tamaño infinitamente pequeño como el número infinitamente grande.

¡el diferencial (el tamaño infinitamente pequeño) y aleph sub cero (el número infinitamente grande) en una misma manifestación artística! La composición enlaza además con la antigua paradoja de Zenón −ya que los elementos se dividen en mitades en sucesión infinita−, y con la moderna teoría de fractales −pues estamos obligados a suponer que cualquier mirada microscópica al centro del dibujo nos tendría que reproducir la totalidad del mismo, tal como la estamos viendo en esta pantalla.

Sin embargo, Escher era consciente de sus limitaciones, todas de naturaleza absolutamente práctica o empírica:

En la práctica, sin embargo, todo grabador llegará muy pronto al límite de sus posibilidades. Cuatro factores le imponen un límite: 1º, la calidad de la madera; 2º, la precisión del instrumento utilizado; 3º, la seguridad de su mano; 4º, la agudeza de sus ojos (auxiliados por una fuente de luz adecuada y una lupa). En el caso presente, se continuó la partición de las figuras hasta caer en lo absurdo. El animal más pequeño, que posee todavía cabeza, patas y cola, mide alrededor de 2 mm. de largo. Desde el punto de vista de la composición, este trabajo no es del todo satisfactorio. A pesar de que el límite está situado en el centro, sigue siendo un fragmento, puesto que los límites exteriores del dibujo son arbitrarios. No se pudo, por tanto, realizar una composición cerrada.

Pareciera que el artista está incómodo por terminar en un punto geométrico lo que es todo un universo vital de imágenes, que pugnan por patentizar su existencia a pesar de su insignificante tamaño; insignificante para el ojo humano, mas no para el cerebro racional que las reclama. La insatisfacción manifestada solo podía llevarlo a una investigación más profunda. En un trabajo posterior, la xilografía Límite circular I

 

explora las ideas de la obra anterior, pero en un sentido inverso, es decir, reduciendo el tamaño de las figuras del interior hacia el exterior. Este procedimiento le satisface más, puesto que la disminución le lleva a una figura geométrica de mayor contenido conceptual: la circunferencia; así, le leemos:

La reducción de las figuras en la dirección contraria, o sea, de adentro hacia afuera, arroja resultados más satisfactorios. El límite ya no es un punto, sino una línea que circunvala todo el complejo, delimitándolo así de un modo lógico. De esta manera se crea, por así decir, un universo, un cuerpo geométrico cerrado. Si se lleva a cabo la reducción a lo largo de los radios, el límite consistirá en un círculo. [En este contexto, la palabra círculo debemos entenderla en el sentido de circunferencia. La diferencia es que el círculo es toda la figura, la circunferencia es solo la orilla exterior. Nota de D. J.]

Pero para nuestra sorpresa −y quizá la del propio artista− esta nueva representación es nada más y nada menos que el  círculo de Poincaré, una de las distintas formas de representar en un plano la geometría hiperbólica de Lobachevski. En este modelo las líneas rectas no son como ordinariamente las concebimos, sino que son las columnas vertebrales de los peces de Escher. En efecto, tales rectas hiperbólicas son las circunferencias ortogonales a la circunferencia del círculo de Poincaré... Amenazantes como pudieran ser estas palabras, basta explicar su significado para lograr su mansedumbre: dos circunferencias que se cortan se llaman ortogonales si sus tangentes en el punto de corte son perpendiculares. En la composición gráfica siguiente el lector puede observar que las columnas vertebrales son arcos de circunferencias ortogonales a la circunferencia del círculo de Poincaré.


Pero hay un hecho más sorprendente todavía que tiene que ver con la naturaleza intrínseca de la geometría hiperbólica: en realidad todos los peces del dibujo de Escher son del mismo tamaño: lo que vemos no es sino un tipo particular de proyección del espacio hiperbólico sobre una superficie plana. En la figura siguiente


a la izquierda tenemos una curva plana llamada hipérbola, sus dos brazos no los podemos concebir limitados a la extensión del dibujo, en realidad se extienden hacia el infinito. Si a esta curva la hacemos girar sobre un eje imaginario que pase por su punto más bajo se obtiene la taza infinita que se ve a la derecha: a esta taza se le denomina hiperboloide. El hiperboloide es el terreno natural de los sucesos de la geometría de Lobachevski; de ahí su nombre de geometría hiperbólica.

Dejando descansar el hiperboloide en la xilografía de Escher, los peces que la componen se proyectan en el hiperboloide de una manera tal que todos son del mismo tamaño y, además, mientras más pequeños los veamos en la obra del holandés −es decir, mientras más cerca estén de la circunferencia del círculo− entonces sus proyecciones estarán más altas en el hiperboloide. En otras palabras, la circunferencia del círculo es un infinito: el infinito de la geometría hiperbólica. Hablar de los detalles de esta proyección nos colocaría en un terreno de cierta hondura técnica; con lo dicho hasta ahora ya hemos abordado algunas dificultades.

El círculo de Poincaré siguió siendo una de las delicias de M. C. Escher. Entre otras obras con este motivo, podemos disfrutar de Límite circular III y Límite circular IV denominada esta última también  Cielo e infierno:


en la primera de las cuales el artista insiste con los peces, pero esta vez usando colores para distinguir las filas que forman siguiendo las rectas hiperbólicas. Escher comentó:

Cada fila contiene solo peces de un color. Son necesarios por lo menos cuatro colores para que las filas se distingan entre sí.


Ciertamente, cuatro es el número mínimo de colores necesarios; lo afirma el teorema de los cuatro colores, conjetura centenaria, demostrada con certeza por el matemático hindú Ashay Dharwadker, en el año 2000. Escher murió en 1972. De nuevo su intuición se muestra muy por delante de sus conocimientos. La otra xilografía contiene ángeles blancos que sirven de marco a negros demonios y viceversa, elegante alusión a nuestra humana dualidad siempre desplazándose entre los extremos del bien y del mal, entre el Dr. Jekyll y Mr. Hyde.

CINTA DE MÖBIUS

La tira o cinta de Möbius es una rara superficie topológica, cuyas propiedades fueron descubiertas por el matemático August Ferdinand Möbius. La construcción de la cinta de Möbius la ilustra el dibujo a continuación


y procede de la manera siguiente:


    • Se toma una cinta rectangular de papel.
    • Se gira un extremo de la misma una media vuelta.
    • Se unen los extremos.

Si se unen los extremos de la cinta de papel sin realizar previamente el giro de media vuelta, lo que se obtiene es un cilindro recto circular tal como un vaso o una lata metálica. Un cilindro es una superficie de dos caras: una exterior y una interior. Una hormiga caminando sobre la cara exterior no podría pasar a la interior a menos que atraviese uno de los bordes de la figura. La característica más importante de la cinta de Möbius es la de ser una superficie de una sola cara; quien desee una demostración de este hecho solo debe admirar la xilografía Cinta de Möbius II

 

y seguir la trayectoria de la hormiga desde cualquier posición de la misma: regresará a esa posición luego de pasar por todos los puntos de la superficie, sin necesidad de atravesar su borde.

Más todavía, este borde de la cinta de Möbius es una sola curva continua: basta seguirlo con el dedo para adquirir la convicción. No se puede decir lo mismo de un cilindro circular, de hecho no tiene un solo borde sino dos. La consecuencia es interesante: si se corta un cilindro por su ecuador se obtienen dos cilindros separados; si se corta una cinta de Möbius se obtiene una sola superficie, pero esta vez una de dos caras. Así lo demuestra Cinta de Möbius I


en la que la unicidad de la cinta resultante la muestran los tres peces que se muerden la cola entre sí.

La cinta de Möbius está íntimamente relacionada con la botella de Klein

un interesante volumen topológico que carece de interior y exterior: una botella que enlaza su trompa con la cola y en la que los verbos meter y sacar tienen serios problemas para mantener sus significados y su antonimia. Mis fuentes disponibles no me dan una obra de Escher con la botella de Klein como tema. Sin embargo, el espíritu de este raro espécimen geométrico lo encontramos en Galería de grabados

una litografía en la que un distraído espectador de un museo está ajeno al hecho de que está incluido en el cuadro que observa, pues éste extiende sus límites hasta incluir el museo como parte del puerto que en él se encuentra representado.

Ambos entes geométricos (la cinta y la botella) sirven como símil de situaciones en los que un giro de la realidad produce visiones incomprensibles. Un ejemplo es la película argentina Moebius, interesante proyecto universitario, dirigido en 1996 por Gustavo Mosquera con guión de varios alumnos del Colectivo de la Universidad del Cine de Buenos Aires. El argumento es futurista: se adelanta a la creciente complejidad del sistema del Metro de Buenos Aires (subte, le dicen los locales). En un momento dado, uno de los trenes desaparece en el tiempo y en el espacio. Ningún funcionario del sistema puede explicarse cómo. Los ingenieros deciden entonces (aunque parezca mentira... ¿lo será?) contratar a un matemático experto en topología para descifrar el enigma. El argumento de la película fue extraído del relato del mismo nombre del escritor Armin Joseph Deutsch (1918-1969), quien sitúa la acción del drama en Londres. La película −llena de alusiones políticas y duramente criticada desde el punto de vista técnico− no deja indiferente a ningún espectador. Sin embargo, la alusión a Möbius es solamente metafórica, pues la cinta nada tiene que ver con el desarrollo de la trama.

A su hijo George y a Corrie, la esposa de éste, escribió Escher:

Y así puedo seguir quejándome y quejándome de que no volveré a hacer jamás un nuevo grabado... Sin embargo, rechazo de plano hacer esto, porque hay una cinta de Möbius esperando en mi alma. De vez en cuando, le escucho gritar: ¡Quiero salir, quiero salir!

lo cual muestra la enorme fascinación que este objeto tenía para el artista. En los años 40 ya se había acercado a ella en leve sugerencia, tal como lo muestran Cisnes y Jinetes, obras que analizamos párrafos atrás. En la litografía Dado con cintas mágicas


dos cintas con prominencias convexas  y entradas cóncavas se enlazan en las diagonales de las caras de un cubo. Si seguimos la trayectoria de cualquiera de las cintas vemos que hay un punto donde la cara de prominencias se convierte en una de entradas. ¿Cómo podría suceder esto si las cintas no fueran de Möbius?

La obra de Escher que más abruma mi espíritu es Manos dibujando


en la que Héctor Pijeira, de la Universidad Carlos III de Madrid, llamó mi atención a una delicada alusión a la cinta de Möbius. Esta llamada de atención comete el pecado de ser discutible, entre otras cosas porque la obra produce una sensación inicial de simetría de la que la cinta carece. Sin embargo, el artista juega impíamente con las expectativas del observador: el dibujo no es simétrico, ni siquiera desde la perspectiva enantiomórfica o especular. La mano derecha todavía está activa, aunque ha terminado todos los detalles de la mano izquierda, incluso la yunta de la camisa que ésta última no ha podido realizar, por el reposo que decidió tomarse dejando caer levemente el lápiz hacia la mesa de dibujo.

PERSPECTIVAS IMPOSIBLES

La perspectiva en la pintura fue un problema que comenzó a estudiarse desde el Renacimiento temprano. La antigüedad y la edad media ignoraron sus leyes y representaron planas las figuras en el plano, aun cuando sus contrapartes reales tuvieran volumen. La razón de ser de la perspectiva es justamente dar la sensación de volumen a pesar de representar las figuras en un plano. Se trata de un asunto científico, más todavía, matemático, y a él se dedicaron mentes de sagacidad especial como la de León Battista Alberti y Piero della Francesca, cuyas técnicas fueron aplicadas con éxito singular por ellos mismos y otros como Leonardo, Durero y Miguel Ángel.

La perspectiva  se basa en un hecho fisiológico: el ojo percibe a la distancia los objetos con un menor tamaño del que les corresponde y las rectas paralelas como convergentes. Llevadas a la pintura, la disminución de tamaño se conoce como escorzo y el punto donde las paralelas se consiguen recibe el nombre de punto de fuga. Un ejemplo algo manoseado y, por lo mismo, siempre útil es La última cena de Leonardo DaVinci


en la que el punto de fuga está en el plano situado en la cabeza de Jesús. La perspectiva es siempre un engaño visual, pero su cometido es utilizar su engañosa capacidad para ganar en el espectador la sensación de realidad. El artista hace funcionar así un mecanismo deliciosamente perverso, con el que se atreve a transmitirnos el paralelismo haciendo que las rectas pretendidamente paralelas converjan en un punto, vale decir, se trata de una afirmación del paralelismo por negación del mismo.

Como todo buen pintor que se respete, Escher se sintió atraído desde temprano por los problemas de perspectiva. Una de sus primeras obras, Torre de Babel

fue realizada en 1928 y se muestra algo ingenua tanto en su concepción como en su desarrollo. Escher se decide por la perspectiva vertical desde arriba (perspectiva de vista de pájaro) pues, en sus propias palabras, el drama sucede en la punta de la torre; esta elección lo obliga a un fuerte escorzo hacia abajo. Posiblemente quedó inconforme, pero dejó la materia pendiente hasta finales de la década de los 40, aun cuando en sus obras figurativas se muestra como un consumado perspectivista; nos bastaría mostrar dos hermosos trabajos Castrovalva y Naturaleza muerta con calle, ambos de la década de los 30.


Esta última es una humorada del autor pues la calle representada se asienta sobre la mesa del observador. No es el único caso en el que la obra se adueña de la realidad y la incorpora sobre sí misma: recordamos haber visto antes Galería de grabados o  también Reptiles, en la que la apropiación de la realidad por la obra se instala más bien como un metadiscurso, es decir como la expresión de una posibilidad de realización.

Al comentar los trabajos desarrollados a partir del año 1947, Escher afirma

... la perspectiva y el horizonte, se consideraban, antes de la invención de la fotografía, estrechamente vinculados. Sin embargo, ya en el Renacimiento se sabía que no solo las líneas paralelas de un edificio se cortaban en un punto del horizonte (el famoso punto de fuga), sino que también las líneas verticales confluyen en otro punto, arriba en el cenit y abajo en el nadir... Pero no es sino hasta la invención de la fotografía cuando nos hemos familiarizado realmente con la perspectiva vertical.

Ahora bien, todo indica que estaba lejos de la intención del artista el usar la perspectiva como una forma condescendiente de presentar la realidad al espectador. En realidad M. C. Escher siempre parecía andar a la búsqueda del efecto contrario, es decir, podía estar más interesado en demostrar el carácter absolutamente relativo de la percepción visual. A ello lo conduce una convicción:

... personalmente, no estoy seguro de la existencia de un espacio objetivo real. Todos nuestros sentidos revelan solo un mundo subjetivo para nosotros; todo lo que podemos hacer es pensar y posiblemente suponer que, en consecuencia, podemos colegir la existencia de un mundo objetivo.

Pero dado que un artista gráfico debe ser juzgado más por su obra que por sus palabras, vemos que esta inferencia de juego con la realidad se nos patentiza con claridad en un grabado como Otro mundo II


en el que se da el lujo de usar las tres formas diferentes de perspectiva mencionadas, cada una de ellas condicionada por la contemplación de los hombres−pájaro que nos observan burlonamente desde las caras del cubo. Si nos concentramos en aquél colocado en la parte inferior del dibujo, se nos abre una perspectiva vertical cuyas paralelas convergen al cenit... a pesar de que el plano de observación está situado en la cara inferior horizontal del cubo. El techo en esta perspectiva es la cara trasera del cubo (la delantera está removida para permitirnos la observación), donde un hombre−pájaro nos mira de frente; al contemplarlo a él, el cerebro cambia la perspectiva a una horizontal con punto de fuga tradicional, en cuyo techo hay un tercer hombre−pájaro que esta vez nos exige colocarnos en perspectiva vertical cerrada hacia el nadir, con la que el hombre−pájaro central pasa a estar situado en el suelo.

El genio escheriano resplandece en sus representaciones de arquitecturas imposibles. Una de la primeras, Relatividad, realizada en 1953,


es un reto a la concepción de la gravedad, se trata de una realidad de nueve dimensiones: tres mundos distintos conviven manteniéndose perpendiculares entre sí; sus habitantes definen sus propias horizontales, dos de las cuales el espectador puede compartir, girando la litografía en ángulos de 90 grados, una vez en el sentido de las agujas del reloj y otra en sentido contrario, desde la posición inicial. Si gira 180 grados desde dicha posición inicial, rechazará la percepción.

En 1955 compone la litografía Cóncavo y convexo


estéticamente seductora y con la que logra que la geometría sea solo un capricho del cerebro. El flautista que toca en una de las ventanas más altas lo podemos ver tanto por fuera de la edificación completa, como dentro de una habitación que suponemos abovedada, al igual que las dos situadas en el centro del dibujo. Debemos suponer que el otro flautista ejecuta su instrumento en una ventana situada en pared paralela a la del primer flautista, mas lo contemplamos perpendicular a él. Si este último flautista decidiera saltar hacia el piso donde reposa plácidamente un joven, corre el riesgo de perder su vida pues lo espera el vacío. De manera que las escaleras al lado de la habitación del flautista son solo una peligrosa ficción, que nos hace creer a ratos en la posibilidad del ascenso hacia un puente convexo y luego gira violentamente con la punta de los escalones señalando al vacío y terminando en una bóveda cóncava.

En otro de sus clásicos, Belvedere, del año 1958,


vuelve a uno de sus sólidos preferidos: el cubo (sólido platónico, por cierto). La parte inferior izquierda de la litografía muestra a un muchacho que se distrae contemplando un cubo construido a partir de sus aristas, así como al diagrama de su construcción que reposa en el suelo. Una mirada atenta al cubo nos mostrará que algo no funciona bien: la arista más cercana a nosotros unas veces es interna, otras externa y otras tanto lo uno como lo otro. Esto podría entenderlo quizás un físico cuántico, acostumbrado a partículas que existen y no existen o están en dos sitios distintos simultáneamente. Pero ya Richard Feynman, una de las mayores autoridades de la materia, aclaró que, en realidad, nadie entendía la física cuántica. La cara superior del cubo unas veces mira el rostro del joven, otras se ladea levemente hacia el prisionero que reclama su libertad con ferocidad. Todo este motivo inferior no es otra cosa que una prefiguración, en menor escala, de lo que el espectador percibirá en la parte principal del dibujo: los dos pisos superiores −en particular, el segundo de ellos− en donde las columnas que se soportan en la parte frontal inferior terminan sosteniendo la parte trasera del techo y viceversa; además para ascender al segundo piso se puede colocar una escalera que vaya desde dentro del edificio hacia la fachada. De esta obra, Escher escribió lo siguiente:

Mi grabado no es alta matemática. Mi incapacidad para expresarlo con mayor precisión se debe a mi falta de formación matemática, supongo. Esto es realmente lo que me apasiona de mi posición en lo que a las matemáticas se refiere: nuestros dominios se tocan pero no se traslapan. ¡Lo lamento!

Esta mención a la relación que el propio Escher reconocía tener con la matemática, así como el registro cronológico que hemos llevado en los últimos comentarios es el marco de una interesante anécdota que involucra a L. S. Penrose, médico y físico, así como a su hijo R. Penrose, uno de los matemáticos y físicos teóricos mas connotados de la actualidad. En el Congreso Internacional de Matemáticos, realizado en Amsterdam en 1954, Escher presentó una exposición a la que asistió R. Penrose. En este congreso, el artista se entrevistó con el brillante geómetra H. S. M. Coxeter y con el mismo Penrose. Entre otras obras, allí se pudo admirar Relatividad, lo que llamó tanto la atención del físico que años después declaró:

Recuerdo que quedé totalmente maravillado con su obra, a la que contemplaba por vez primera. Cuando regresé a Inglaterra, decidí que también yo lograría algo “imposible”... A la menor oportunidad que tuve, le mostré a mi padre el triángulo. Inmediatamente, él ensayó un número de variantes hasta que llegó al dibujo de una escalera imposible, cuyos escalones conducen infinitamente hacia abajo (o hacia arriba).

El triángulo que menciona Penrose, así como la escalera imposible que dibujó su padre, aparecieron en un artículo firmado por ambos −padre e hijo− en el año de 1958 en el British Journal of Psychology:


El triángulo −que llegó a ganar el mote de tribar− está armado con tres barras perpendiculares entre sí, de manera que sus ángulos internos suman 270 grados. Luego de la lectura del artículo, según su propia confesión, Escher compuso una de sus más comentadas litografías Subir y bajar


en la que aparece como motivo central la escalera imposible de Penrose padre. Respecto a lo allí representado, el artista filosofó

Los moradores del edificio son acaso monjes, miembros de una secta desconcida. ¿Estarán obligados a ejecutar el ritual de andar cada día algunas horas por esta escalera? Si se cansan, probablemente se pondrán a bajar la escalera en vez de subirla. Ambas direcciones, aunque igualmente razonables, tienen la desventaja de no ofrecer descanso. Por lo pronto, dos individuos rebeldes rehúsan a participar en el ejercicio. Tienen sus propias ideas, pero tal vez terminen por reconocer su error.

¡Inquietante declaración de alguien a quien nunca nadie hubiera podido obligar a recorrer un mismo camino infinitas veces!

Si con Relatividad Escher logra inspirar a Penrose la génesis del tribar, en Cascada


ya usa la creación del científico de una manera absolutamente consciente, no una sino tres veces. El efecto es el de mover un molino con el agua de una cascada que cae desde el mismo nivel en el que está situado el molino. La señora que tiende su ropa despreocupadamente está ajena al drama del espectador, confundido ante este atrevimiento gravitatorio inexplicable. Es posible que el joven que se recuesta tranquilamente en la pared del balcón piense en ello, pero pareciera no tener la perspectiva necesaria. En una conferencia titulada Lo imposible, Escher comentó

Quien desee describir algo inexistente tiene que seguir ciertas reglas. Estas reglas son, más o menos, las mismas que para los cuentos de hadas.

Pero, después de todo, nunca hemos dejado de soñar la posibilidad de que los cuentos de hadas dispongan del terreno de nuestra realidad. Idea frágil, por supuesto, mas... ¿qué idea no lo es? Del siglo XVII al principio del XIX nos aferramos, casi de manera prepotente, al racionalismo y al determinismo apoyados en los enormes avances de la matemática y la física. El final del siglo XIX y el XX demolieron nuestro pedestal. Nos legaron asombrosas geometrías; teoremas matemáticos negadores del poder del pensamiento matemático; la ruptura del tiempo y el espacio como entes absolutos; un universo finito pero sin límites en sus dimensiones gigantescas; un universo absolutamente probabilístico −en el que ser y no ser es posible hasta cierto grado− en sus dimensiones más pequeñas. No tenemos derecho a pensar en lo imposible. Por fortuna, Maurits Cornelius Escher dejó constancia de ello.